Hubo quienes llegaron hasta vosotros y a los cuales, por doradas promesas hechas a vuestra fe, les habéis otorgado riquezas, poder y gloria.

Menos que una promesa os he dado yo y, no obstante, habéis sido más generosos conmigo. Me habéis dado mi anhelo más profundo después de la vida. Os aseguro que no existe regalo mayor para un hombre que el que cambia todos sus propósitos en unos labios quemantes, y la vida entera en una fuente.

Y en esto estriban mi honor y mi recompensa.

De forma que siempre que vengo a beber a la fuente, hallo sedienta a la propia agua viviente. Y ella bebe de mí mientras yo bebo de ella.

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Algunos de entre nosotros me habéis fuzgado altivo y huraño para recibir dádivas. Desde luego soy demasiado altivo para recibir jornales, mas no dádivas. Y aunque haya comido bayas silvestres entre las montañas, cuando habríais deseado tenerme sentado a vuestra mesa. Y dormido en el pórtico del templo, cuando gustosos me hubierais dado albergue. Sin embargo, ¿no fue vuestro cariñoso cuidado de mis días y mis noches lo que hizo dulce a mi boca el alimento y rodeó mi sueño de visiones?

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Por esto os bendigo más:

Es mucho lo que dais sin siquiera saber que disteis. Realmente, la benevolencia que se mira así misma en un espejo, se hace de piedra. Y una buena acción que se llama a si misma con nombres tiernos, termina siendo la causa de una maldición.

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Y algunos de entre vosotros me habéis llamado altanero y embriagado de mi propia soledad. Y habéis dicho: "Celebra consejo con los árboles del bosque, mas no con los hombres. Se sienta sólo en la cima de los montes y mira hacia abajo a nuestra ciudad". Verdad es que he escalado las cimas y andado por lugares remotos. ¿Cómo puedo haberos contemplado, a no ser desde una gran altura o desde una larga distancia? ¿Cómo puede uno hallarse cerca a menos de que se encuentre lejos?

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Y hubo otros que me llamasteis y, aunque no con palabras, me dijisteis: "Extranjero, extranjero, enamorado de las cimas inaccesibles, ¿por qué moras en las cumbres donde las águilas hacen sus nidos? ¿Por qué buscas lo inasequible? ¿Qué tempestades pretendes atrapar en tu red? Y qué aves vaporosas cazas en el cielo? Ven y sé uno de nosotros. Desciende y aplaca tu hambre con nuestro pan, y calma tu sed con nuestro vino".

Estas cosas las dijeron en la soledad de su corazón. Mas su soledad era más profunda de cuanto creéan, por lo que solamente busqué el secreto de vuestra alegría y de vuestro dolor. Y sólo pude cazar vuestra mejor personalidad, la que va camino al cielo. Pero también el cazador resultó cazado. Pues muchas de mis flechas salieron de mi arco, solamente para ir en busca de mi propio pecho. Y el que volaba tuvo que reptar. Porque cuando mis alas fueron desplegadas al sol, su sombra sobre la tierra era una tortuga. Y yo el creyente, fui también el descreído. Porque a menudo he colocado el dedo en mi propia llaga para poder tener una fe mayor en vosotros y en el máximo conocimiento vuestro.

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Y con esta fe y con este conocimiento os digo:

No estáis prisioneros dentro de vuestro cuerpo, ni confinados en viviendas o campos. Pues lo que es vuestro, tiene su morada por encima del monte y vaga con el aire. No es algo que se arrastra al sol en busca de calor, o cava agujeros en la oscuridad en busca de un sitio seguro. Sino algo libre, un espíritu que envuelve la tierra y se mueve en el éter.

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Si éstas son palabras vagas, no tratéis de aclararlas. Vago y nebuloso es el principio de todas las cosas, mas no su fin. Y me agradaría ser recordado por vosotros como un principio de la vida, y todo lo que vive, es concebido en la niebla y no en el cristal. ¿Y quién sabe si el cristal no es niebla que mengua?

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Desearía que esto lo recordarais al acordaros de mi: "Que aquello que asemeja más débil y confuso en vosotros, es lo más fuerte y más definido".

¿No ha sido vuestro aliento el que ha erigido y endurecido la estructura de vuestra osamenta? Y no es un sueño que ninguno de vosotros recuerda haber soñado edificar vuestra ciudad y formar todo lo que existe en ella? Si os fuera dado ver las oleadas de ese aliento, dejaríais de ver todo lo demás. Y si os fuera dado oír el murmullo del sueño, no podríais oír ningún otro sonido.

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Pero vosotros no veis, ni oís, y eso está bien. El velo que nubla vuestros ojos será rasgado por las manos que lo tejieron. Y la arcilla que tapa vuestros oídos será agujereada por aquellos dedos que la amasaron. Y veréis. Y oiréis. Entonces no deploraréis haber sabido lo que es ceguera, ni lamentaréis haber estado sordos. Pues en ese día conoceréis los propósitos ocultos que existen en todas las cosas. Y bendeciréis la oscuridad al igual que bendeciréis la luz.

 

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