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Del
Crimen y Del Castigo
Después,
uno de los magistrados de la ciudad dio un paso adelante y pidió:
<< Háblanos del Crimen
y del Castigo.>>
A lo cual contestó
así:
Cuando
vuestro espíritu camina errando sobre el aire. Es cuando,
solitarios y descuidados, cometéis falta con los otros y, por lo
tanto, con vosotros mismos. Y por esa falta en que habéis incurrido
necesitáis llamar y esperar un rato sin que se os atienda delante
la puerta del bienaventurado.
* *
*
Vuestro
dios interno es como el mar. Se mantiene por siempre incorrupto.
Y como el éter, eleva solamente a los alados. Mas, sin embargo,
es como el sol, vuestro dios interno. Desconoce las galerías Subterráneas
del topo y no se encuentra en el agujero de la serpiente. Pero vuestro
dios interno no mora sólo en vuestro ser. Existe mucho en vosotros
que aún es hombre, y mucho más que todavía no lo es.
* *
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Sino
un pigmeo deforme que camina dormido a través de la neblina en busca
de su propio despertar Y del hombre que todavía existe en vosotros
deseo hablaros ahora. Porque es él y no vuestro dios interno, ese
pigmeo en la neblina, quien conoce el crimen y el castigo de él.
* *
*
A
menudo os he oído hablar de aquel que ha cometido una falta como
si no fuera uno más de entre vosotros, sino un extraño y un intruso
en vuestro mundo. Pero os digo que así como al bienaventurado y
al justo no les está permitido elevarse por encima de lo más elevado
que existe en cada uno de vosotros, así el malo y el débil no pueden
caer por debajo de lo que así mismo es lo más bajo que existe en
vosotros. Y lo mismo que una sola hoja no amarillea si no es con
el consentimiento silencioso de todo el árbol, así el perverso no
puede causar daño sin el deseo oculto de todos vosotros. Igual que
en una procesión camináis unidos hacia vuestro propio dios interno.
Sois la senda y los caminantes. Y cuando uno de vosotros se abate,
es para los que vienen tras él, como un aviso contra la piedra que
obstaculiza el paso. Sí, y cae por aquellos que le anteceden, quienes
aun siendo más rápidos y de paso más seguro no retiraron de allí
la piedra obstaculizadora.
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Y
también esto, aunque las palabras hieran con fuerza vuestros sentimientos:
El
asesinado no es un extraño a su propio asesinato. Y el robado no
es inculpable por haber sido robado. El justo no es inocente de
los actos del perverso. Y el que tiene las manos limpias no es ajeno
a los hechos del villano. Sí, el culpable es frecuentemente víctima
del ofendido. Y aún con mayor asiduidad es el condenado quien soporta
la culpa del inocente y del puro. No es posible separar al justo
del injusto y al bueno del malo. Porque se alzan al unísono ante
la faz del sol, así como el hilo negro y el hilo blanco se tejen
unidos. Y cuando el hilo negro se rompe, el tejedor revisará todo
el tejido, y examinará también el telar. Si alguno de vosotros condujese
ante el juez a la mujer infiel, permitid que el magistrado ponga
también en la balanza el corazón del marido, y que mida su alma
con el mismo rasero. Y decidle que antes de azotar al ofensor lance
una buena ojeada al esp¡ritu del ofendido. Y si alguno de vosotros
castigase en nombre de la rectitud y pusiese el hacha junto al árbol
del mal, hacedle que lo mire bien hasta las mismas raíces. Y en
verdad es que encontrará las raíces del bien y del mal, de lo fértil
y lo estéril, entrelazadas en el corazón silencioso de la tierra
Y juzgad vosotros quién en realidad es el justo ¿Que sentencia pondríais
a aquel que, aunque honesto físicamente, es no obstante, un ladrón
en espíritu? ¿Qué pena impondríais al que mata en lo físico y que,
sin embargo, se encuentra ya muerto en lo espiritual? Y ¿cómo castigaríais
a quien por sus acciones es un impostor y un hombre cruel, pero
que también es agraviado y ultrajado?
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Y
¿cómo castigaríais a quienes su remordimiento es ahora mayo a todas
sus fechorías? ¿No es remordimiento la justicia que se administra
por esa misma ley a la cual con placer servís? Sin embargo, no podéis
cargar el remordimiento sobre el inocente ni quitárselo al corazón
del culpable. Espontáneamente le escucharéis gritar en la noche
para que los hombres despierten y se contemplen a sí mismos. Y vosotros,
los que pretendéis entender la justicia, ¿cómo la comprenderíais
a menos de considerar todos los actos a plena luz? Solamente entonces
podríais comprender que tanto el que se yergue como el abatido no
son sino un solo hombre en pie frente a un crepúsculo, entre la
noche del propio pigmeo que es y el día de su propio dios. Y que
la piedra angular del templo no es más alta que la más baja de sus
cimientos.
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