| El
Arribo de la nave
Almustafá,
el elegido y el amado, que era un amanecer en su propio día, esperó
durante doce años en la ciudad de Orfalis el arribo de la nave que
había de conducirle de regreso a su isla natal.
Y
en el año decimosegundo, el día séptimo de Ailul, mes de la cosecha,
escaló la colina, cercana a las murallas de la ciudad, y contempló
el mar; y columbró su nave surgiendo de entre la niebla.
Entonces
se abrieron las puertas de su corazón, y su alegría se desbordó
y escapó volando por encima del mar. Cerró los ojos y rezó en el
silencio de su alma.
* * *
Pero
mientras bajaba la colina, le invadió la melancolía, y pensó allá
en el fondo de su corazón: ¿Cabe partir en paz y sin tristeza? Imposible,
no es concebible abandonar esta ciudad sin que mi alma quede desgarrada.
Infinitos son los días transcurridos entre sus murallas, y eternas
las noches de soledad; y ¿quién es el mortal capaz de separarse
de su dolor y soledad sin sentir entristecida el alma? Son innumerables
las partículas de espíritu diseminadas por estas calles, e innumerables
los hijos de mi afecto que deambulan desnudos por entre estas colinas,
¿cómo, pues, alejarme de ellos sin experimentar la opresión del
dolor! No es una simple prenda de vestir de lo que me privo en este
día, sino la propia piel que desgarro con mis manos. No es tan solo
un pensamiento lo que queda trás de mí, sino todo un corazón dulcificado
por el hambre y la sed. Mas no puedo postergar por más tiempo mi
partida.
La
mar, que requiere para sí todas las cosas, me reclama, y debo zarpar.
Pues quedarse, aunque las horas ardan en la noche, es congelarse,
cristalizarse y quedar confinado en un molde. Nada me sería más
placentero que llevar conmigo todo cuanto hay aquí, más ¿cómo hacerlo?
Una voz no puede cargar la lengua y los labios que le dieron alas.
Debe ir sola en busca del éter. Y solitaria y sin nido volará el
águila de cara al sol.
* * *
Y
una vez en la falda de la colina, volvió su vista de nuevo hacia
el mar, donde su nave se acercaba al puerto, y en su proa, los marineros,
todos ellos hombres de su misma tierra. Y desde el fondo de su alma
les vociferó:
¡Hijos
de mí provecta madre, vosotros jinetes sobre las olas! ¡Cuán a menudo
habéis circunnavegado en mis sueños! ¡Y ahora arribáis a mí en el
despertar del más hondo de mis sueños!
Preparado
estoy para partir, y mi anhelo al igual que las velas desplegadas,
tan sólo al viento aguarda. Tan sólo un aliento más emitiré en esta
atmósfera sosegada, tan sólo lanzar‚ otra mirada plena de amor hacia
atrás. Y luego me uniré a vosotros para ser uno más entre los marineros.
Y tú, extenso mar, cual madre en vela. Unico refugio apacible para
los ríos y los arroyos. Un meandro más tendrá tan solo este torrente,
solamente un último murmullo en su recorrido. Y luego me acogeré‚
a ti cual una solitaria gota infinita en un océano sin límites.
* * *
Y
en tanto caminaba vio como en la lontananza hombres y mujeres abandonaban
sus campos y se apresuraban hacia las puertas de la ciudad.
Y
a sus oídos llegaron sus voces que le llamaban por su nombre, y
a gritos, de una campiña a otra, se comunicaban el arribo de la
nave.
* * *
Y
entonces se dijo para si:
¿Será
el día mismo de la partida el de la reunión? Y se proclamará que
mi ocaso fue en realidad mi aurora? Y cómo gratificar‚ a aquel que
ha dejado su arado a medio surco, o a aquel que ha detenido la rueda
de su Iagar? ¿Alcanzará mi corazón a transformarse en árbol
pletórico de frutos para que yo pueda distribuirlos entre ellos?
Y manarán mis deseos cual agua de manantial para hacer posible
colmar sus copas? ¿Seré un arpa que la mano del Todopoderoso taña,
o flauta a través de la cual su aliento pueda pasar? Soy un buscador
de silencio, ¿pero he encontrado acaso tesoro alguno en los silencios
que pueda ofrendarlo con confianza? Si este es el día de recolectar
mi cosecha ¿en cuáles campos he arrojado la semilla, y en qué períodos
me he olvidado? Si en realidad la hora de alzar mi farol comunicante
ha llegado, no será mi fuego el que arda en su interior.
Apagado y oscuro levantaré‚ mi farol. Y no seré el
guardián de la noche quien lo llenará de aceite y quien lo
prenda.
* * *
Esto
fue lo que dijo con palabras, pero muchas otras quedaron en el recóndito
fondo de su corazón, porque ni él mismo podía expresar el más hondo
de sus secretos. Y a su entrada en la ciudad, el pueblo en pleno
salió al encuentro y le aclamó como una sola voz. Y los ancianos
de la ciudad se le acercaron y le dijeron:
<< No te alejes todavía de nosotros. Has sido para nosotros
como una culminación luminosa en nuestro crepúsculo, y tu juventud
nos ha suministrado material para soñar. No eres un extraño
entre nosotros, ni un huésped, sino nuestro hijo bienamado. No permitas
que sufran nuestros ojos de hambre por tu rostro.>>
* * *
Y
los sacerdotes y las sacerdotisas le dijeron:
<<No
permitas que nos alejen las olas de la mar, y que los años que has
estado entre nosotros se transformen tan sólo en un recuerdo. Has
convivido entre nosotros como un espíritu, y tu sombra ha sido luz
que ha alumbrado nuestros rostros. Mucho es lo que te hemos amado.
Mas fue el nuestro un amor sin palabras, y con los velos quedó cubierto.
Sin embargo, ahora viene a llamarte y se yergue para quedar desvelado
ante ti. Y siempre ha acontecido que el amor desconoce su propia
profundidad hasta que llega la hora de la separación.>>
* * *
Y
otros más acudieron y le suplicaron. Pero para todos tuvo la misma
negativa por respuesta. Se limitó a bajar la cabeza, y aquellos
que estaban próximos a él vieron que sus lágrimas le caían sobre
su pecho. Y él y el pueblo tomaron el camino que conducía hasta
la amplia plaza que se encontraba frente al templo.
* * *
Y
una vez allí vieron salir del santuario a una mujer que era conocida
por Almitra.
Y esta mujer era Sibila. Almustafá la contempló con infinita ternura,
ya que había sido la primera persona en buscarle y creer
en él tan sólo al principio del día de su arribo a la ciudad. Y
ella le saludó diciendo:
<<Profeta
de Dios, en busca de lo infinito, llevas largo tiempo explorando
las distancias para ver el arribo de tu nave. Ahora ha llegado ya
y tu sino es partir. Hondos son tus anhelos por volver a la tierra
de tus recuerdos, a ese lugar donde moran tus mayores deseos. Nuestro
amor sería incapaz de sujetarte y nuestras necesidades no podrían
retenerte. Con todo, antes de que nos abandones, te suplicamos que
nos hables para explicarnos algo de tu verdad. Y esa verdad tuya
ser transmitida a nuestros hijos, y éstos harán lo mismo con los
suyos para que no fenezca. En tu soledad has permanecido en vela
con nuestros días, y en tus vigilias has oído el llanto y la risa
de nuestro sueño. Por todo ello te pedimos ahora que descubras lo
que existe dentro de nosotros, y nos digas aquello que te haya sido
revelado acerca de lo que hay entre el nacimiento y la muerte.>>
Y
él así dijo: <<Pueblo de Orfalis, ¿de qué puedo hablarte a
no ser de aquello que aún se agita dentro de tu alma?>>
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