El vértigo

Vértigo

Por José Pablo Feinmann

Las palabras son las que permiten la comunicación entre las personas. Las personas son humanas e inhumanas. Su praxis es el ser. No el lenguaje. No viven en la morada del lenguaje. Viven en la praxis humana. El ser es praxis. Se han arrojado muchas frases durante los últimos meses. Algunas son livianas y hasta risueñas. Otras meten miedo. La palabra tarifazo hiela el alma. Es sólo un ejemplo. La palabra angustia remite a Kierkegaard. Pero no importa, porque se la dijeron a un rey borbónico. Que los hombres de Mayo se angustiaron al alzarse contra el poder hispánico. Eso le dijeron. Las cosas que se dicen.

El presidente ha dicho muchas. Ahora hay algunos y hasta varios que no lo quieren. Qué cosa. Ver para creer. Quién diría. Lo que ha hecho este hombre en tan breve tiempo. Incluso los que lo votaron no salen de su asombro.

Pero, ¿será él quien hizo todo este desmadre? Si él no tenía discurso propio. ¿O no le soplaban lo que debía decir? Un hombre que no tiene libreto propio –o no adhiere lúcidamente a ninguno– es un hombre sin ideas. Sin embargo, algunas tendrá. O, sin duda, será alguien de suficientes espaldas como para asumir la responsabilidad de tenerlas y aplicarlas.

Se acabó la joda, por ejemplo. Eso dijo. La joda es el populismo. Quién no lo sabe. Esa terquedad en distribuir y someter al pueblo con la demagogia. Populismo. Y ahí está el punto. Los que gobiernan en serio están siempre en lo macro. Acertaron, el desborde de la copa. Pero, hay que llegar ahí. Calma, paciencia, invierno. El invierno fue frío y hasta despiadado. Ni el de Alsogaray.

La piedad no va con lo macro. La frase que hizo grandes a los grandes norteamericanos fue está despedido. No esa patraña que inventaron Roosevelt y Keynes. El Estado Benefactor, el pleno empleo y productos para el mercado interno. No, está despedido. Flexibilizar es racionalizar. Racionalizar es sincerar la economía.

Dicen: si algún defecto tenemos es ése, la sinceridad. Cuando le decimos a alguien que lo echamos, lo echamos. Uno de los nuestros dijo es espantoso, pero necesario.

Qué importan los estragos si los frutos son placeres, o no mató a miles de seres Tamerlán en su reinado. Un poemita de Goethe que Marx cita sin incomodarse. Admiraba a la burguesía. Como nosotros. Nos diferenciamos de ese cabezón en que él imagina un horizonte de libertad para los colonizados, nosotros no confiamos en el proletariado. Creemos que los burgueses, cuando estragamos a los otros, les hacemos un bien.

Eso quiso decir nuestro hombre. Espantoso, pero necesario. Y eso que lo dijo cuando apenas sumábamos doscientos mil despedidos. Ahora, los frutos y los placeres aumentaron. El espanto también. Pero que se unan a nosotros por medio del espanto. Eso queremos. Fue clara y precisa la frase de nuestro máximo escritor. No nos une el amor sino el espanto. También nuestro funcionario, que es culto, invocó a Maquiavelo. Entre ser querido y ser odiado, el Príncipe debe elegir ser odiado. Ser temido. Provocar espanto. No amor. Es nuestro programa de gobierno.

El neoliberal no se preocupa por la adhesión de las masas, esa pasión demagógica de los populistas. Ser demagogo da grasa. El neoliberal prefiere al ciudadano, que goza de buena salud, que es, en suma, sano.

Para peor, se solaza con las depresiones de quienes debieran enfrentarlo. La oposición, en esta experiencia que vivimos en nuestro país, que es de ellos, se disemina, se diluye, se agota en la crítica. El vértigo del gobierno la tiene contra las cuerdas.

Se sabe que el mundo fue y será una porquería. Pero hoy, exagera. Calderón, en el siglo de oro español y en su obra La vida es sueño, larga genialmente esa frase que se adelanta a Heidegger y Sartre. Esa, que el delito mayor del hombre es haber nacido. Hoy pareciera, entre el vértigo del gobierno y las divisiones, el individualismo de la oposición, que la mayor desgracia es haber nacido argentino. Se trata de actuar en contra de este postulado. Que es espantoso, pero no necesario.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-310195-2016-09-25.html

Sobre relatos y grietas

Por José Pablo Feinmann

MarxJulian Assange se enfurece con los posmodernos: no todo es interpretación, existen los hechos, existe lo fáctico, y sin esa base dura, concreta, no se puede trabajar. Tiene razón y no. Necesitamos hechos. Necesitamos ese primer nivel fáctico. Toda interpretación debe serlo de un hecho indudable. Sólo cuando el diario El País anunció la muerte de Chávez con una foto de un muerto que era otro estuvimos frente a una mentira. La mentira aparece cuando la interpretación del hecho no se apoya en ninguno o lo fabrica para hacerlo. Del hecho no se puede dudar, habrá de ser inobjetable, y habrá que seguir indagando en él para elaborar nuevas interpretaciones. Hay hechos que pueden echar por tierra a varias de ellas. Pero sobre cada nuevo hecho que surja caerán las interpretaciones para hacerlo suyo, llevarlo a su corpus interpretativo, avalar lo que se venía diciendo o darlo vuelta con habilidad, con astucia, de modo que parezca decir lo mismo que antes incorporando lo nuevo. Cualquier hecho nuevo deberá ser llevado a jugar en favor de nuestra interpretación o de otra similar que sostenga nuestro punto de vista, que es –siempre– el de nuestros intereses.

La historia está tramada por muchos intereses. Cada sujeto político es uno. Cada sujeto político se diferencia de uno y de todos. Cuando en el Cours de Ferdinand de Saussure se establece que todo punto del sistema surge en tanto diferencia hay que señalar algo más, que el suizo suele olvidar. Toda diferencia es conflicto. Toda diferencia es antagonismo. Toda diferencia tiene algo que el otro (el diferente de la diferencia) no tiene. Así, cada diferencia introduce una despresencia en la plenitud de la presencia de la otra. Ninguna es presencia totalizadora. Si anulara a las otras diferencias lo sería. Así, los sistemas autoritarios exitosos han eliminado sus diferencias, sus campos políticos antagónicos. Se asumen como presencias absolutas. Liquidaron el poder de las otras diferencias que establecían un agujero, una carencia, una nada, una despresencia en su presencia. Lo Uno es el Todo. Y no tiene rendijas. Este es el poder autoritario y es lo que todo poder ambiciona ser: lo Uno, lo Unico. Esta situación suele darse, pero debe recurrir a la sangre. Si lo Uno es lo Unico, si lo Uno es la absoluta presencia y no hay despresencia que lo hiera es porque ha ganado una guerra en que ha matado a todos los Otros o los ha sometido a su régimen de poder, basado en las armas y en los medios.

Cada relato –al surgir como diferencia de y conflicto con otro– instaura una grieta. El relato es una interpretación. Pero también es más. Es una trama ordenada de interpretaciones que confluyen en una organización de los hechos. El relato se apoya en los hechos para terminar por instituir una ficción que justifica sus intereses. La “realidad” es una lucha de ficciones, cada una de ellas sostiene ser la “verdad”. Y lo es, pero lo es sólo del grupo que la sostiene. La historia es una lucha de verdades parciales. Cada una de ellas ha sido elaborada por una “parcialidad”. Todas ellas, en tanto campos antagónicos, en tanto esferas en conflicto, constituyen una “totalidad”. La totalidad es el juego infinito de las verdades parciales, de aquí que la totalidad nunca cierre, nunca totalice. La totalidad vive en constante destotalización. Sólo totaliza cuando una de las partes se impone como el Todo. Aquí, la tarea de las restantes partes es destotalizar al Todo. El Todo se instala como hegemonía. La parte que consigue totalizar los campos antagónicos de las restantes pasa a ser la parte hegemónica del sistema político. Anula la praxis de las otras. Esa praxis es la libertad de los sujetos militantes. Podemos llamarlas –si lo deseamos– praxis emancipatoria. Si una parte elimina la praxis emancipatoria de todas las otras, sólo resta, como dinámica del Todo, su propia praxis de sometimiento. Cuando los campos antagónicos son eliminados, cuando el conflicto se destruye por el triunfo de uno de sus polos, cuando, entonces, no hay conflicto, no hay antagonismo, no hay historia. Hay un Todo y las partes pueden ser embellecidas en tanto diferencias que dialogan entre ellas o entre dialectos que enuncian enunciados que remiten a ellos mismos, porque ningún dialecto comprende lo que otro enuncia. De esta forma, el Todo establece su dominio armónico e incuestionado. Todo cambia cuando una de las partes crea una praxis diferenciadora en la modalidad del conflicto con el Todo. Aquí se establece una grieta. Una grieta es un conflicto. Una hendidura en la modalidad monolítica del Todo. Una grieta se asume como diferencia-conflicto. Su conflicto es una praxis de negación. Por pequeña que sea la parte tiene el coraje de encarnar una negatividad que niega el Todo. De aquí que las teorías de la estetización de las diferencias (la teoría de las multipolaridades que mantendrían diálogos en tanto partes armónicas, con igual poder) y la exaltación de los dialectos niegan la globalización desigual del capitalismo. Desde sus orígenes como sistema-mundo hasta el presente, el capitalismo se ha presentado como la realización o la ambición conquistadora (en tanto voluntad de poder) de la totalidad. El colonialismo y el imperialismo son las expresiones de este proyecto. Someter las partes al Todo. Este proyecto interpreta la historia como conflicto. Hay una praxis de sometimiento y una de emancipación. Una praxis de la libertad. Cuando la praxis de la libertad totaliza instaura un nuevo orden totalitario que somete a las restantes partes al Todo que ahora ella encarna. Entonces las otras partes (las que han quedado bajo la sombra del sometimiento) emprenden otra vez la tarea de destotalizar la totalización. La tarea emancipadora. Como vemos, la historia es la lucha del todo contra las partes, de las partes contra el todo y de las partes entre sí. Las grietas, como expresión de las diferencias y de los campos antagónicos, no dejan de abrirse. Toda diferencia es negación. En un orden democrático debiera surgir para el diálogo y para completar la carencia que hay en todo Otro, que también es diferencia. Pero el campo de la historia es el de los antagonismos. Toda diferencia surge para expresar la voluntad de poder de un grupo práctico. Surge, así, en tanto negación de todas las otras. Toda diferencia es afirmación de sí misma. Para complicarlo todo digamos que aún hay diferencias en el interior de toda diferencia. ¿O no hablamos de tendencias internas dentro de los partidos políticos? Esas tendencias son todas negaciones de las otras incluso cuando jueguen dentro de un mismo campo, de una misma afirmación. Todo partido político, aún cuando se proponga como un Todo, tiene diferencias, conflictos, antagonismos en su interioridad. Esto significa que aún las partes, que son esos partidos que se organizan como totalidad, laten al ritmo de los conflictos. Los conflictos establecen las grietas. Que son esas rendijas que se abren no bien surge un conflicto, una diferenciación. A su vez, cada diferenciación tiene su propio relato. Su propia interpretación de sí que difiere del relato de la otra diferenciación. Dentro del vértigo de la lucha política suelen amainar o des-integrarse muchos enfrentamientos que solían ser. Aquí se da una mini-totalización. Pero totalización al fin. Si A y Z, enfrentados ayer, destotalizados ayer, se unen hoy contra B, se habrán totalizado, habrán formado un campo común que tiene como objetivo colisionar contra B, ser más fuertes, incluirlo en la nueva totalización o destruirlo, de las una y mil formas que sean posibles imaginar. Sin embargo, postulemos que el arte de llegar al poder y mantenerlo es el de la totalización. Cuanto más totalizo, más poder tengo. ¿O por qué existen los monopolios?

Esa teoría que propone una grieta para una entera sociedad es una falacia ideológica. Se construye para arrojar sobre una parte la culpa de la existencia de la grieta. Sin embargo, jamás existe una grieta. Acaso sea posible –para algunos sistemas de pensamiento– postular una grieta fundante y pensar a partir de ella. Si leemos el Manifiesto Comunista veremos que Marx establece la grieta fundante entre burgueses y proletarios. Pero reducir el marxismo a esa simpleza totalitaria sería insultar, ante todo, a Marx y darle la razón a Stalin. La historia es mucho más rica y apasionante que eso.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-271404-2015-04-26.HTML

 

José Pablo Feinmann: “la tarea de idiotizar al receptor”

Yo no puedo tener un premio que se lo dieron a Tinelli también, yo este premio se los voy a devolver, ustedes disculpen, pero no quiero tener ese premio.

Y quiero que esto sea un gesto, en el cual se sepa que no se puede premiar la anticultura, el anti-pensamiento, ¡eso no se puede premiar!

Yo no digo que el programa del muchachos ese, ya grande, no sea ideológico, no, es totalmente ideológico, porque es la tarea de idiotizar al receptor.

……

Ese programa no tiene nada que ver con la democracia, porque la democracia requiere ciudadanos lucidos, ciudadanos que sepan valorar el pensamiento, la cultura y que sepan elegirse a sí mismos a partir de sí mismos.

Y que cuando lleguen a su casa no sean idiotizados por idioteces aluvionales, sino que puedan pensar un momento después del cansancio del día: que soy? adónde voy?, para qué? que es lo que pasa a en mi país? que opción voy a tener?

Y eso es una opción, esa es la opción que le dan.

La opción que le dan es basura, porque queremos que seas basura, para que no pienses, para que te pensemos nosotros, para que te hablemos nosotros, para que lo que digas es lo que nosotros decimos, lo que pienses lo que nosotros pensamos, para eso, para que seas un sujeto colonizado, que ya no seas un sujeto libre, un sujeto otro un sujeto colonizado.

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Personalidad destacada de la cultura así dice la gran siete….

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Tinelli no necesita salir con esto porque lo ven y es una gran imagen de este país para vergüenza de cada uno de nosotros.

Porque todos los ciudadanos de un país no solo son responsables de lo que pasa, sino de lo que no pueden evitar que pase. Entonces nuestra tarea es evitar que ciertas cosas pasen

A los intelectuales que están en la llamada oposición les digo: ¡miren que cultura se viene!

Y a esa concepción de la cultura idiotizante, antidemocrática, porque no hay nada más antidemocrático que un pueblo idiota, que un pueblo que no piensa, un pueblo que no elige, un pueblo que no es libre, porque el que no piensa, el que no elige, el que no decide a partir de si, no es libre, está siendo dirigido, colonizado, manejado, manipulado por el poder mediático, por eso el poder mediático lucha tanto por tener tanto, por cada boca que tiene, tienen 20 mil, 30 mil idiotas más a los que colonizan.

El pensamiento argentino entonces, sigue siendo una gran necesidad, porque no tenemos tantos medios como tienen los que luchan por una televisión que idiotice al receptor.

 

Qué es lo que se juega?

Jose Pablo FeinmanPor José Pablo Feinmann

¿Qué horror se descubrirá –alguna vez, supongo– del gobierno de CFK que justifique el odio que despierta en varios sectores?

¿Qué permitirá comprender que una columnista de La Nación presente un libro junto al líder del Partido Obrero?

Difícil saberlo.

Pero debiéramos tratar de comprender algo. En la Argentina, y en casi toda América latina, hay una lucha entre los intereses neoliberales y los gobiernos que han surgido a comienzos de la primera década de este siglo.

Si tratáramos de encontrar el núcleo de la cuestión se podría afirmar que hay (como la hay desde hace siglos) una discusión en torno del Estado. Entre la relación entre Estado y Economía.

¿Debe el Estado intervenir en el libro flujo de la economía? ¿Debe recluirse sobre sí y asegurar meramente el orden interior?

Desde Martínez de Hoz se escucha que achicar el Estado es agrandar la Nación. Se trata de una consigna notablemente precisa para explicitar el pensamiento de uno de los defensores más empeñosos de la desregulación económica. Hablamos de Friedrich von Hayek, a quien hoy suele llamarse padre del neoliberalismo. Lo es.

Si Videla acuñó esa consigna sobre la grandeza de la Nación basada en el achicamiento del Estado, a nadie deberá sorprender que la teoría de Von Hayek se base en el concepto de Estado mínimo. Así, Hayek ha inspirado a los gobiernos, no sólo de Videla, sino de Pinochet, Reagan y Thatcher. Su defensa del liberalismo económico lo lleva a someter la democracia a sus postulados.

El Estado, meramente deberá garantizar el orden espontáneo del mercado. Hayek deposita una fe poderosa en la autorregulación del mercado. No acude a la mano invisible smithiana, no la requiere. Confía más que Smith en el poder del mercado. Libre mercado y democracia se alimentan, uno es la garantía del otro. Pero no son equivalentes. El mercado tiene primacía absoluta. El liberalismo económico desplaza al político. Hayek termina por confiar más en el mercado que en la democracia. Teme a una democracia planificadora. No es la que garantizará el orden espontáneo del mercado. Hayek detesta y es un cruzado contra el intervencionismo estatal.

La palabra “planificación” y lo que ella significa es motivo de sus iras y de sus ataques desmesurados. Si una democracia es planificadora no es democracia. Habrá que superarla. Sólo es democracia la que no planifica. Planificación y Estado intervencionista son –para Hayek– lo mismo. No es casual que él y los suyos –los “Chicago Boys”– hayan apoyado a regímenes aberrantes en lo político, lo social y los derechos humanos. No les importa.

Prefieren una democracia autoritaria (algo que es un oximorón) o, sin más, un régimen totalitario si les sirve para oponerse a la planificación, a la regulación de la economía. El mercado ha de ser libre, cueste lo que cueste.

Así, no se alteran para nada si apoyan a Pinochet y a Videla. Los “Chicago Boys” jugaron un papel importante en Chile y Argentina. Los desaparecidos desaparecían en aras de la vigencia del mercado libre, de la desregulación económica y del achicamiento del Estado, cuyas causas opuestas representaron siempre los regímenes socialistas y populistas.

Era –para Hayek y los suyos– una noble causa para desaparecer. Si hay que matar por eso, se mata. Lo contrario es peor.

¿Qué es “lo contrario” para Hayek?

Algo hemos visto: regular el mercado desde el intervencionismo estatal. Esto tienen un nombre dentro del capitalismo: el capitalismo del New Deal. El de Keynes.

Según se sabe, Keynes arrancó a Estados Unidos del crac del ’29 aplicando las teorías del New Deal. Básicamente eran: intervención del Estado en la economía y pleno empleo. El pleno empleo garantizaba la capacidad de consumo de la población. La capacidad de consumo garantizaba el desarrollo de las industrias. Era un plan para el salvataje del mercado interno.

Hay una dialéctica entre la producción y el consumo de la que el liberalismo y el neo abominarán siempre. Es, sin embargo, sencilla y notoriamente razonable: lo que requiere una industria productora es un mercado consumidor. Lo que requiere un mercado consumidor es una industria productora. Ambos se dinamizan y crean eso que hace que un país sea autónomo.

Un mercado interno nacional con el respaldo de un Estado Benefactor de los intereses nacionales y de los pequeños y medianos empresarios que producen para el mercado interno. Esto es eso que los neoliberales llaman “populismo”.

El “populismo” –al partir del pleno empleo– olvida al mercado en beneficio delpueblo”. Luego, el intervencionismo de Estado, lleva al autoritarismo y a la corrupción.

En tanto el “Estado mínimo” garantiza la transparencia del mercado en las grandes empresas que son las que seriamente beneficiarán al pueblo, no a través de la demagogia, sino por medio de la teoría del derrame. Además, el populismo siempre está a un paso del autoritarismo y de las economías de planificación socialistas.

Al caer el Muro de Berlín, las potencias occidentales vieron el terreno fértil para sus planes ya conocidos y para los nuevos. Surge, así, el célebre Consenso de Washington, cuyos puntos centrales son los siguientes:

1. Disciplina presupuestaria de los gobiernos.
2. Reorientar el gasto gubernamental a áreas de educación y salud.
3. Reforma fiscal o tributaria, con bases amplias de contribuyentes e impuestos moderados.
4. Desregulación financiera y tasas de interés libres de acuerdo al mercado.
5. Tipo de cambio competitivo regido por el mercado.
6. Comercio libre entre naciones.
7. Apertura a inversiones extranjeras directas.
8. Privatización de empresas públicas.
9. Desregulación de los mercados.
10. Seguridad de los derechos de propiedad.

Este Consenso (cuyos diez puntos obedecen a la inspiración del economista John Williamson) guardan muchos aspectos en común con las tesis de Von Hayek.
Se aplicaron en el país bajo el gobierno de Carlos Saúl Menem.

1. Esta disciplina presupuestaria exigía cuentas claras en la macroeconomía. El país receptor de los capitales multinaciones debía entregar seguridad a los mismos y no someterlos a riesgos indeseables. Las “cuentas claras de la macroeconomía” expresaban la teoría “del derrame”.

2. Una vez satisfechas las necesidades de la macroeconomía la copa llegaría a su tope y se produciría el derrame sobre las clases necesitadas, que deberían esperar hasta entonces.

3. Los impuestos moderados a los contribuyentes beneficiaban a las grandes empresas. Una cosa es un contribuyente de millones de dólares por año y otra uno de dos mil pesos. A todas luces resulta absurdo aplicarlos a los dos impuestos moderados. Pero aplicarles impuestos mayores a los grandes contribuyentes requeriría una intervención del Estado populista o autoritario que tendría por motivo una alteración del flujo natural de los mercados.

4. La desregulación financiera es un sueño del capital transnacional y las tasas de interés, si son de acuerdo al mercado, serán expresión de los acuerdos de los grupos monopólicos que lo dominan. Detrás de todo esto hay un gran cinismo.

Nadie ignora que el mercado, al no regularse, al ser entregado a su propia mecánica, cae en manos de los monopolios. Sólo el Estado puede –al menos– defender el equilibrio del mercado. De lo contrario –según dijimos– cae en manos de los monopolios. ¿Cómo? Muy simplemente. Los monopolios pueden vender a pérdida durante un año y arruinar a todas las pequeñas y medianas empresas del “mercado libre”. Ahí, las compran y las incorporan a su grupo monopólico. El mercado, librado a su propia dinámica, se concentra y termina por ser patrimonio de tres o, a lo sumo, cuatro empresas. Así, el mercado libre llega muy pronto a ser la negación de la democracia.

El resto de los puntos resultan de los que ya analizamos y –a su luz– resultan patéticos. Falsedades que nos ofenden.

Siempre los neoliberales o los viejos liberales al frente de gobiernos abiertamente genocidas (tengamos en cuenta que Hayek y los suyos no vacilaron en apoyar “democracias liberales autoritarias” basadas en el exterminio de seres humanos) valoraron más que la democracia la defensa de la libertad de mercado. Insistieron (y éste, dolorosamente, es un argumento que los regímenes socialistas les sirvieron en bandeja) en señalar que los desastres humanitarios de la Unión Soviética o China o los de Pol Pot y su Khmer Rouge en Cambodia, justificaban los que ellos habían apoyado por causas más nobles, en las que sinceramente creían.

En suma, lo que hoy se juega –entre otras cosas: ambiciones personales, odios sobreactuados, golpes bajos, etc– es la suerte de un gobierno Nacional Popular y Democrático unido al keynesianismo de la regulación del mercado y el intervencionismo estatal y el retorno a Hayek, al John Williamson del Consenso de Washington, a la hegemonía de las grandes empresas monopólicas.

Es notable que el argumento esgrimido sea casi centralmente el de la corrupción cuando, en rigor, ellos instalaron los gobiernos más corruptos de la Argentina, el de los militares masacradores del ’76 y el del Carlos Saúl Menem, que les entregó el país como conejito de Indias de las recetas voraces del FMI y lo llevó a la ruina en medio de los mayores escándalos de corrupción.

Esto no justifica ninguna acción turbia del gobierno actual. Sobre la cual –si se prueba– caeremos fuertemente. Pero la causa no es la corrupción. Es otra.

Todo gobierno popular ha sido erosionado desde la corrupción.

Es que la gente –manipulada por el poder mediático hegemónico– cree que las clases altas no roban, porque son finas y tienen dinero. Roban los sucios populistas, llenos de ambiciones bastardas.

En fin, la tragedia argentina –en una de sus importantes facetas– es así:

1) La clase media no quiere ser lo que es. Quiere ser clase alta. No clase baja.

2) Cuando los gobiernos populistas les posibilitan acceder a un buen nivel económico (que habían perdido bajo un gobierno neoliberal) se siente otra vez clase alta y busca destituir a los impresentables populistas.

3) Suben otra vez los neoliberales de las clases acomodadas. La clase media vuelve a arruinarse. Vota otra vez al populismo.

Y así hasta el agobio, o el vértigo.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-230088-2013-09-29.html