Del canibalismo social a la democracia participativa

Por Mónica Peralta Ramos *

Canibalismo SOcialHacia fines de 2012 se inicia una nueva escalada de la ofensiva desatada un año antes contra el gobierno de CFK.

Esta ofensiva es liderada por los sectores económicos más poderosos: aquellos que controlan los principales medios de comunicación y los segmentos clave de la producción, distribución, acopio y comercialización de bienes y servicios.

Un conjunto de sectores políticos y sindicales que pretenden rescatar al “verdadero” peronismo y convertirlo en el eje aglutinador de la oposición se suma a esta ofensiva, constituyendo una alianza espuria que incluye a distintos sectores de la derecha y de la izquierda. No es casual que esto ocurra cuando se avecinan elecciones legislativas que pueden dar lugar a cambios legislativos de importancia estratégica para el país.

En este contexto, el poder de veto de los sectores con mayor poder económico se ejerce creando y recreando mercados y canales “informales”: espacios que –a nivel cambiario, financiero, impositivo, etc.– operan en abierta transgresión de las normas vigentes, eludiendo así el control del Estado sobre las transferencias de ingresos y provocando una sangría de recursos indispensables para concretar las políticas del gobierno. Este poder de veto también se ejerce tejiendo ininterrumpidamente una narrativa sobre nuestro presente, nuestro pasado y nuestro futuro que se presenta como la única verdad posible.

Construida a partir de un sistemático ocultamiento de los intereses que impulsan las acciones de los diversos actores sociales, esta narrativa utiliza todo tipo de recursos para vaciar de contenido los fenómenos sociales, volviendo invisible su vinculación con determinadas relaciones de poder.

Este doble ejercicio del poder de veto cristaliza instalando la inflación en el centro de la escena política. Una inflación que se presenta totalmente desvinculada de la existencia de mercados informales o “negros”, del desabastecimiento y de determinados intereses económicos. Así, la existencia de una relación íntima y simbiótica entre el mercado informal del dólar blue y las “expectativas” de ganancias de los grupos económicos formadores de precios desaparece totalmente.

Como por arte de magia, un mercado cambiario ilegal y virtual –con un caudal ínfimo de operaciones comparado con las que ocurren en el mercado oficial– pasa a regir las actividades económicas del mundo real.

Los grupos monopólicos con capacidad de formar precios en puntos estratégicos de la economía transfieren a sus precios sus “expectativas” de ganancias centradas en la evolución de un dólar virtual. Y al compás de esta música –alimentada también por la especulación de aquellos cuya actividad económica facilita la tenencia de dólares–, el dólar blue se contorsiona mientras los “especialistas” y los grandes medios de comunicación explican esta danza a partir de la necesidad de ahorro de un “chiquitaje” aterrorizado por la pérdida de valor del peso.

Y así como se ignora el poder decisivo que tienen los monopolios y oligopolios sobre la economía real, también se desconoce la incidencia que la capacidad de formar precios y el desabastecimiento en puntos estratégicos de las cadenas de valor tienen sobre las peripecias y corridas del propio dólar blue. La inflación, en cambio, es siempre el “resultado lógico” de las malas políticas del Gobierno.

Desde nuestra perspectiva, la inflación es hoy día expresión de la intensidad alcanzada por el conflicto principal, es decir, por el enfrentamiento entre un proyecto de sociedad y de desarrollo económico que propugna la inclusión social y la democracia participativa, y otro que impulsa la concentración del poder económico y mediático y el derecho “natural” de los monopolios y oligopolios a controlar no sólo la realidad económica sino la vida del conjunto de la sociedad.

Así, los formadores de precios provocan transferencias de ingresos a su favor, reproduciendo la exclusión social y ocultando al mismo tiempo las raíces de la estructura de poder al “instalar” en la percepción y en la acción colectiva el predominio del “mundo al revés”.

En este mundo, los intereses económicos y políticos de los actores sociales y del conjunto de la población se vuelven invisibles. Predomina en cambio el interés individual: la defensa del bolsillo de cada uno, independientemente de lo que pueda ocurrir con el bolsillo de los demás, incluso con el bolsillo de aquellos que comparten los mismos niveles de pobreza.

Esta búsqueda de un beneficio individual impide ver que más allá de los individuos hay un conjunto social, y que la solidaridad social trasciende los intereses individuales. Se ignora entonces que una lucha que tiene por objetivo principal y único el bolsillo propio, una lucha que se aísla de otras luchas que conciernen al conjunto de la sociedad y explican el tamaño de los distintos bolsillos, lleva necesariamente al “sálvese quien pueda”, al caos, a la anarquía y al canibalismo social.

La inflación reproduce entonces al infinito la confusión respecto de sus verdaderas causas enraizadas en una estructura de poder que impulsa el canibalismo social. En el pasado, el Gobierno minimizó el problema y usó una estrategia de negociación con algunos grupos económicos. Esta estrategia no dio los resultados esperados. Ahora, el Gobierno ha decretado un control de precios a ser aplicado en los supermercados y en algunas empresas de productos electrodomésticos, e intenta bajar el precio de los bienes de consumo, disminuyendo algunos costos de los supermercados.

Estas medidas, si bien han expuesto la divergencia de intereses entre distintos sectores empresarios según su ubicación en la economía, no son suficientes, ni resuelven el problema central: la formación monopólica de precios en puntos estratégicos de las cadenas de valor.

Mas recientemente el Gobierno ha anunciado la posibilidad de abrir las importaciones para impedir el desabastecimiento de ciertos productos. Esto es un avance en el reconocimiento del problema; pero para que las intervenciones del Estado tengan un efecto decisivo se requiere de otro ingrediente, hasta ahora ausente.

En efecto, si bien conciliar intereses y negociar entre sectores es de fundamental importancia en la vida de un país, el Estado no es un instrumento inerte y neutro: es un ámbito donde se ejercen relaciones de fuerza. Los cambios esenciales en las relaciones de fuerza se producen a partir de la participación organizada de la ciudadanía en la vida política y en la toma de decisiones.

De ahí la importancia de crear canales institucionales para la participación ciudadana en el control de precios en todas las instancias de las cadenas de valor. Esto implica plantearse algo nuevo: la creación de mecanismos que permitan ejercer una democracia participativa donde, “desde abajo hacia arriba”, se ejerza el derecho y el deber de los ciudadanos a participar en la elaboración de políticas, y en el control de su gestión. Esto legitimará las políticas que se apliquen.

Ahora bien, a pesar del canibalismo social, no todo es oscuridad en la coyuntura actual. El liderazgo carismático de CFK define hoy día la agenda política, y ha contribuido a poner de relieve los grandes obstáculos a la inclusión social y a la democracia participativa.

Esto ha dado lugar a una definición cada vez más explícita del conflicto principal, abriéndose así nuevas grietas en el espeso velo que oculta la estructura de poder. Por esas grietas se cuela ahora la luz que ilumina los intereses económicos y políticos que guían las acciones de los distintos actores sociales, especialmente de los grandes grupos económicos.

En los últimos tiempos hemos asistido al enfrentamiento sistemático entre el Poder Ejecutivo y los medios altamente concentrados. Estos medios constituyen el Cuarto Poder de las sociedades modernas, un poder resultante de la fusión entre la concentración de la riqueza y de la información, un poder que no es votado ni es controlado por los ciudadanos.

Este enfrentamiento por hacer cumplir la ley de medios, votada hace tres años en el Congreso, ha desnudado no sólo la connivencia entre los grupos económicos y los grandes medios sino, también, la enorme influencia y poder que ambos ejercen sobre el propio Poder Judicial. Todo esto ha dado impulso a un movimiento de renovación y democratización de la Justicia que ilumina los recovecos más recónditos del propio Poder Judicial.

Pero hay algo más: en la medida en que el conflicto principal se vuelve más explícito y la luz empieza a iluminar la trama de intereses que articulan la estructura de poder, también comienza a cobrar visibilidad la espesa red de relaciones “mafiosas” que, como un tejido canceroso, corroe desde hace mucho tiempo a toda la sociedad.

Estas relaciones son organizadas al margen de la ley en todos los ámbitos de la vida nacional, y persiguen cuotas de influencia y poder económico y político, recurriendo al ejercicio de distintas formas de violencia e intimidación. De este modo, a través del ejercicio abierto o solapado de la coerción, estas redes mafiosas reproducen el statu quo, desparramando el miedo, el descreimiento y la intolerancia por todos los intersticios de la sociedad, y recreando la fragmentación social y la desintegración nacional.

Hoy día, estas redes son cada vez más visibles y su impunidad se desnuda en la escena política. Así por ejemplo, gracias al coraje de una madre, y a su largo trabajo “desde abajo hacia arriba”, la lucha por la aparición de Marita Verón encontró en la coyuntura actual las condiciones necesarias para llevar al primer plano de la vida nacional el fenómeno de la trata y la vinculación de la misma con ciudadanos, empresarios, jueces, políticos, miembros de las fuerzas de seguridad y autoridades de gobierno esparcidos en todo el ámbito nacional. Estas redes mafiosas y sus ramificaciones en el espacio público y en el privado también empiezan a ser desnudadas en el caso del narcotráfico en Santa Fe y en otras regiones del país.

Este entramado de relaciones mafiosas es un factor de erosión constante de la legitimidad institucional. Juntamente con otras formas de corrupción –como, por ejemplo, el enriquecimiento a partir del uso de la función pública; la transformación de dirigentes sindicales en patrones de empresas; la utilización discrecional de los dineros de los afiliados a beneficio de los negocios de los dirigentes, etc.– reproducen la coerción y el abuso del poder, y contribuyen a sembrar el descreimiento y el miedo.

La participación ciudadana en la elaboración de políticas y en el control de gestión, desde “abajo hacia arriba” y en todos los ámbitos de la vida nacional, es el camino que permitirá desnudar estas redes mafiosas y otras formas de corrupción, y lograr la transparencia y la legitimidad institucional necesarias para profundizar la inclusión social.

Sin duda alguna, éste es un camino largo; pero empezar a recorrerlo es en sí mismo un cambio radical que contribuirá a superar el canibalismo social, el miedo, el descreimiento y la intolerancia, al posibilitar la creación de ámbitos propicios para la conciliación de intereses y para la movilización de las energías colectivas hacia el logro de la unidad nacional.

* Socióloga, autora de La economía política argentina. Poder y clases sociales.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-217056-2013-04-01.html

El color del dinero

Por Raúl Dellatorre

¿La estabilidad del Gobierno está amenazada por la disparada del dólar blue? ¿Hay un manejo en las sombras de este mercado buscando efectos desestabilizadores? ¿Adónde nos lleva el descontrol del blue? O quizás haya que preguntarse, ¿adónde nos llevan quienes controlan el blue?

El dólar blue.La visión apocalíptica respecto de una economía que se desplaza sobre un tobogán hacia el desastre se realimenta a diario. Quienes la invocan hasta ahora no han hecho mucho más esfuerzo que aludir a la trepada del dólar blue y mirar hacia el lado del Gobierno preguntando: “¿Y? ¿No van a hacer nada ante semejante situación?”.

El Gobierno responde de manera retórica: no hay nada que deba hacerse ante un mercado ilegal más que aumentar los controles, aunque se acuse a esos mismos controles de haber generado el mal. En el medio, no son pocos los que no saben a quién creer.

Una aproximación a los elementos que componen esta compleja batalla podría comenzar señalando que existe un problema económico con un aprovechamiento político. Este último es muy grande, al punto de haberse convertido en eje discursivo de buena parte de la oposición, compuesta por factores políticos pero también económicos. Lo que cabe dimensionar, frente a esto, es el tamaño del problema económico.

El mercado paralelo es, por volumen, exiguo. Son apenas un puñado de millones los que se mueven a diario en la compraventa de billetes en esa plaza ilegal. Surgió como una plaza a la que concurrían quienes buscaban fugar utilidades no declaradas en el país, que necesitaban por ello convertirlas en dólares. A esa demanda se la atendía con fondos de divisas en negro que especulaban con obtener diferencias lucrando sobre quien tenía necesidad de comprar los dólares cubiertos por la opacidad de esa plaza. Pero la prohibición oficial a la venta de dólares para atesoramiento (ahorro) y las restricciones a la venta de divisas a turistas creó una demanda adicional, aunque inicialmente muy pequeña. Tras una serie de maniobras especulativas, vinculadas con movimientos financieros en el exterior (ya explicadas en notas de las últimas dos semanas en Página/12) que provocó una inicial aceleración de la trepada del blue (entre los 6 pesos y los 6,50, aproximadamente), se inició luego una seguidilla constante de subas que lo llevaron hasta los 7,95 del cierre de ayer.

En este último raid, jugó un papel dinamizador la demanda para atesoramiento de pequeños ahorristas que creen estar ante una escalera sin descansos ni tope, y el rol de control que ejerce una oferta muy acotada que sabe sacar provecho de la ocasión.

Aquí vale una puntualización: la demanda de pequeños ahorristas (“chiquitaje” la denominan en el mercado) es genuina, producto del trabajo o de actividades lícitas, de quienes creen estar protegiendo sus reservas comprando a “8 por 1”.

La oferta, por lo general, no: son fondos “negros” o ilegales, tanto en su origen como en la aplicación que seguramente tendrán los recursos obtenidos, vendiendo a “8 por 1”.

Al gobierno nacional se le ha planteado al presente el problema de no haber encontrado armas eficientes para combatir este tráfico ilegal de divisas, ni desde el Banco Central ni desde la AFIP.

Es cierto que, cuando intervino, no obtuvo mucho favor de la Justicia, que incluso objetó las facultades de las autoridades para aplicar los controles. Pero también atenta contra un ejercicio más eficiente del control, una percepción de que ese mercado irregular no genera un perjuicio importante sobre “la economía real”. La demostración fáctica de esta aseveración sería la siguiente:

 

  • Hay un mercado de cambios administrado por el Banco Central, a un tipo de cambio de equilibrio (ayer, 4,99 pesos para la venta), desde el cual se atiende la demanda de divisas para la importación, pago de servicios al exterior, turismo (previa autorización de la AFIP) y otros rubros del sector externo.
  • Con las medidas aplicadas en los últimos 18 meses para restringir ciertas operaciones en los mercados financieros, se cortó la formación de activos externos (fuga de divisas) que había tenido un impacto real en los años previos.
  • La implementación de controles sobre el comercio exterior hoy permite evitar muchas de las operaciones de subfacturación de exportaciones o sobrefacturación de importaciones que eran habituales en otras épocas, y que podrían nutrir un mercado paralelo.
  • El balance de divisas sigue siendo excedentario para el Banco Central y se espera que este año vuelva a serlo en 12 mil millones de dólares. Si hubo baja de Reservas Internacionales del BCRA en el último ejercicio, no fue por “fuga” sino por políticas de desendeudamiento que reducen compromisos futuros y, por tanto, aseguran que el sector externo (balance de divisas) siga siendo excedentario.
  • Ninguno de estos factores está amenazado por la existencia de un mercado irregular marginal, muy reducido, aunque la cotización del dólar sea exorbitante.

Un “balance de divisas excedentario” se traduce como que “sobran los dólares”, que no hay escasez ni riesgos de ahogo en el horizonte. Pero, si sobran, ¿por qué no combatir un mercado tan chico como el blue destruyéndolo con un par de ataques? La respuesta retórica sería que el Banco Central no interviene en mercados ilegales, en un mercado que no le genera dolores de cabeza (como sí le provocaron las dos corridas sobre el mercado previas a octubre de 2011) y que, además, debería caer por su propio peso. Esto es: expectativas falsas de devaluación que se desinflarían cuando empiecen a liquidarse las divisas de exportación y acabe la demanda turística, allá por marzo o abril.

El problema es más mediático que real”, afirman quienes le quitan peso al impacto de la disparada del paralelo. Eso equivale a decir que es un problema político, argumento opositor para provocar al Gobierno, para generar un clima de desconfianza en la gente. Pero que el planteo no se corresponde con desequilibrios de las variables reales de la economía.

El problema que no se puede soslayar es que la frontera entre lo político y lo económico no está dibujada en ningún mapa, sino que son esferas con espacios comunes. Y eso sí tiene impacto, por ejemplo:

 

  • Si hay pequeños ahorristas que creen que el dólar blue seguirá subiendo sin fin y vuelcan allí sus ahorros, hay una porción de recursos (por pequeña que sea, no es desdeñable) que está saliendo del circuito formal y está retroalimentando la suba.
  • Si hay un mercado inmobiliario que todavía no rompió totalmente la cultura de dolarizar las cotizaciones, aunque “negocie” el tipo de cambio, en alguna medida está trasladando al precio (en pesos) la trepada del blue.
  • Tanto ruido sobre el valor del paralelo está provocando un perceptible “clima inflacionario”, que algunos formadores de precios traducen en aumentos bajo la excusa de un supuesto impacto de la suba del blue.

Cada uno de ellos constituye un abuso de parte de sectores de poder económico, que obtendrán transferencias de riqueza a su favor en desmedro de ahorristas y consumidores. Son conductas alentadas, intencionalmente o no, por el discurso político que hace de la subida del mercado paralelo un “termómetro” de la salud del Gobierno. Cuanto más sube, más grave está el paciente.

Para la política económica del Gobierno, no hay un riesgo real de que se vea empujada a una megadevaluación o a un desdoblamiento del mercado (dólar comercial y dólar financiero o turístico) por la disparada del dólar blue.

La afirmación de que el dólar oficial se verá obligado a converger hacia el paralelo sólo se sostiene en argumentos falaces, como los planteados por el ex ministro Roberto Lavagna sobre “caídas en la inversión, el empleo y la competitividad” que son indemostrables.

El verdadero desafío es evitar que el debate sobre el dólar blue arrastre a un enrarecimiento político en el que los factores económicos más poderosos se vean tentados, otra vez, a sacar ventajas. La inflación, por caso, no es un tema circunscripto a la órbita de la economía pura, sino que pertenece a ese espacio común de la política y la economía. Precisar ese terreno de disputa ayuda también a definir las herramientas con las que se le da pelea.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-213097-2013-02-02.html