Los dos grandes electores del 2015

Las dos personas con mayor gravitación en la política no pueden ser candidatos a presidente.
Tanto el gobierno como Clarín generan adhesiones que doblan a las desdibujadas de la oposición.
Qué hay debajo del hormiguero.

Por: Roberto Caballero

Los dos grandes electores del 2015

Los dos grandes decisores de la política argentina tienen un problema: no se pueden presentar a elecciones en 2015. A Cristina Kirchner se lo impide la Constitución y el Clarín de Héctor Magnetto no es un partido político.

Pero Cristina puede elegir entre un elenco más o menos competitivo para encabezar el bloque FPV, Magnetto no.

Cuando Jorge Lanata dijo en la radio que toda la oposición no juntaría un balde de bosta, Eduardo Van der Kooy y Ricardo Roa reflejaron en el diario idéntica preocupación. No es el destino de la República lo que les genera angustia, son los números de una encuesta que Magnetto leyó con amarga decepción hace dos semanas.

Allí, entre tortas gráficas divididas en porciones verdes y rojas, lo que puede advertirse es que los consultados, kirchneristas y antikirchneristas, asignan niveles de “confianza” similares, del orden del 50%, al gobierno democrático de Cristina y al Clarín oligopólico de Magnetto.

Sin embargo, cuando se habla de “la oposición” el nivel de confianza baja al 20% y los niveles de rechazo o desconfianza, entre los K y los anti  K, trepan al 70%. Iguales porcentajes tiene el Poder Judicial y las grandes empresas en el estudio que respetó las normas ISO 9001:2000.

La opinable metáfora del recipiente y las heces animales utilizada por el mayor comunicador del oligopolio habla de su capacidad para bajar a tierra complejas ecuaciones comerciales y políticas que ocupan el tiempo de los Magnetto, los Noble, los Pagliario y los Aranda, cuatro familias que la sociedad, aunque sabe más que hace algunos años, todavía conoce poco. La de Lanata es la forma de insultar que tienen.

Lo concreto es que la oposición no mide.

Todo el trabajo de demolición cotidiano de Clarín no es capitalizado por nadie dentro de la oferta escasamente atractiva del espacio. Los casting son entre candidatos perdedores. Por eso, Elisa Carrió se le quejó en Radio Mitre –algo así como la asamblea de consorcistas del grupo–, al propio Lanata, recordándole que ella había apoyado a Clarín en su batalla contra la Ley de Medios de la democracia y ahora Magnetto decidió probar suerte con Sergio Massa, a quien la líder del FAUNEN relacionó con supuestos asuntos del narco.

Algunos dirán que habló por despecho, es probable que no sea cierto lo que deslizó sobre el jefe del Frente Renovador, pero esta vez Carrió dejó para la versión taquigráfica de la Historia un testimonio clave, uno que dice lo que muchos intuían: cuando Clarín los deja a la intemperie, algunos políticos antikirchneristas se tornan vulnerables, frágiles criaturas sin proyecto de país más que la selfie con Magnetto.

Es raro que generen confianza en la sociedad cuando ni ellos mismos la tienen en construir algo, chiquito o grande, de derecha o izquierda, que sea mejor de lo que hay.

Aunque fue victimaria en otra época, Carrió es hoy otra víctima más de Magnetto. Su casting es el de un emperador que no comprende aspectos medulares de la política democrática. Evitó todo lo que pudo el juicio público sobre su manera fáctica de ejercer el poder contra la sociedad, hasta que el kirchnerismo le cantó piedra libre. Y ahí, en vez de convertirse en el italiano Berlusconi, en el colombiano Santos, en el chileno Piñeira, en vez de aprovechar la visibilización para emigrar del monopolio empresarial a la política de las urnas, él o sus hijos, o los hijos de sus socios, Magnetto eligió el excitante lado perverso de la saga: querer gobernar a distancia el humor social, las expectativas económicas de millones, utilizar el potro inquisitorio de sus medios para arrodillar y humillar a los políticos, mantenerse al margen del foro público, opinar a través de otros, distorsionar cualquier tipo de debate en base a ejes falsos. En definitiva, Magnetto eligió ser Magnetto. Prefirió la oscuridad pringosa de la pelea en el barro que la disputa franca y abierta en elecciones cristalinas.

Ahora lamenta los resultados. Les manda a decir “bosta” a los políticos que no miden. Es injusto: él mismo ayudó a construir esa impotencia. Desempoderar a la política democrática y concentrar poder fáctico empresario fue y sigue siendo su estrategia, y eso también afectó a su oposición. Cada vez que sus candidatos van a la escuelita del Malba, Clarín mantiene su cuota de prestigio social, tan alta como la del gobierno, según la encuesta misteriosa: los que pierden imagen, confianza y proyección electoral son los políticos que militan la selfie con el CEO como si fueran fans de Justin Bieber. Una pena. Se ve que Magnetto no transfiere su poder ni delega encantos.

Pero la encuesta de hace dos semanas lo inquieta mucho. Advierte que su principal adversaria tiene una estructura (el FPV) que sí puede ir a elecciones desde un piso muy alto y confirma que Clarín no es un partido, barcaza indispensable para navegar en el siglo XXI de la política.

Además, los números reflejan que hay una abismal distancia entre la sensación social y su prédica catastrofista y victimizada ante la SIP: casi siete de cada diez personan opinan que el estado de la libertad de expresión en la Argentina es de bueno a excelente.

¿Nelson Castro no dice lo contrario? ¿Marcelo Longobardi no reproduce lo mismo? Mañana, lunes 27, aniversario de la muerte de Néstor Carlos Kirchner, autor del ya antológico “¿qué te pasa, Clarín, estás nervioso?”, podrían  llamar en vivo a Magnetto y preguntarle sobre esta encuesta y el estado de la libertad de expresión, y sobre los niveles de aprobación que hoy tiene una ley que tanto crucificaron.

Debe haberlo impresionado mucho, al CEO, la tortita que devuelve que cinco de que cada diez personas está de acuerdo con ella, y que sólo tres la desaprueban. Y mucho más saber que, cuando se les consulta si esta evita la concentración en pocas manos del discurso público, el porcentaje crece. Esa verdad debe doler a un monopolio comunicacional más que cualquier denuncia por corrupción falsa a la política, ¿no?

La mitad más uno cree que la adecuación de oficio es correcta y que Clarín quería trampear la ley con una propuesta trucha. Sólo tres de cada diez dice lo opuesto; y el resto, un poco arriba del 20%, aún no sabe o no contesta. Como el nivel de apoyo a la ley es tan alto, es imaginable que este último grupo se incline más por la postura oficial que encarnó la AFSCA y no respalde a Clarín.

También para la mitad de los preguntados se trata de una medida política, que persigue algo más que la aplicación correcta de la ley. Es una percepción acertada, diríamos ajustada a una lectura atenta de lo ocurrido en todos estos años. Porque la pelea entre el gobierno y Clarín es una pelea central de la política para ejercer el poder en una democracia, nada menos.

Y si Clarín es tomado como lo que es, es decir, un poder fáctico con manejo de relatos y representaciones simbólicas que irradian al conjunto social como verdades incontrastables, con esta oposición entre sumisa, despechada e incapaz de generar proyecto que sólo produce desconfianza entre los votantes, la única expresión de la política democrática que queda en pie para no morir en una especie de narrarquía monopólica empresarial es el kirchnerismo liderado por Cristina Kirchner.

Cuando Martín Sabbatella anunció la decisión de adecuar a Clarín de oficio, habló ella, la última valla a las pretensiones que se hacen escuchar en el Coloquio de IDEA y reproducen como si fueran genialidades Clarín y su socio adulto mayor, La Nación. Un país sin Estado, o donde el Estado sea lo que ellos quieren que sea, en el que aplauden y vitorean a un abogado que pide que la actual presidenta, ex senadora y ex diputada muestre su título, mientras él se hace llamar “constitucionalista”, porque alguna vez así comenzó a llamarlo Clarín.

Son escenas de delirantes que quieren hacerle creer a los demás que ellos custodian una razón que han perdido: reproducen lo que dicen los sitios serviciales berretas para agredir a una mujer presidenta. ¿Se puede caer tanto bajo? Sí. Siempre puede ser peor.

Cuando el gobierno tomó la decisión de adecuar de oficio, reaccionó a un escenario que hubiera sido realmente catastrófico para todos lo que pelearon por una comunicación democrática. Este gobierno no puede aceptarle a Clarín un capricho más: el de querer cumplir solo con el maquillaje de la ley y no con su espíritu, menos que menos. Era un retroceso.

Respondía sin duda a un reflejo de fatiga, desgraciadamente, que también a veces alcanza a distintos funcionarios de algunas áreas del oficialismo que están pensando en irse a retozar después de tanta batalla, en lo posible amigos o no tan enemigos de Clarín. Cristina no está entre ellos, evidentemente. Y tampoco Sabbatella, según se ve.

El mensaje a la militancia fue claro: la voluntad de pelea está intacta, y no sólo no hay tregua ni armisticio, sino que se avecinan tiempos definitorios en todos los terrenos. Gobierno versus Clarín no es un cruce entre dos megalómanos que pelean por narcisismo extremo. Es la puja entre dos modelos de país. El de la democracia y el de los monopolios.

La pregunta es qué hará Clarín en 2015. A quién hará ganar el casting sábana para que enfrente al FPV y al candidato que elija Cristina.

Ninguno crece, nadie fascina y, para aflicción de Magnetto, comienza a aparecer en las encuestas un alto nivel de satisfacción con símbolos kirchneristas como la AUH, YPF, AFJPs, Ley de Medios, la Ley de Movilidad Jubilatoria, el rol del Estado en la economía, Buitres, que ponen en crisis el relato de diseño del CEO.

Es cierto, en todos los casos, esas políticas rozan aprobaciones del 65 al 70%, pero la imagen de los funcionarios que las hicieron posible, no llega en muchos casos al 20 por ciento. ¿Por qué? ¿Cómo puede ser que los impulsores de las medidas que gustan no merezcan reconocimiento social? Es una pregunta que excede esta doble página.

Una hipótesis es que el discurso antipolítico y los niveles de ensañamiento mediático personalizado hunden en el descrédito a los funcionarios, aunque no ocurre lo mismo con las políticas que producen efectos concretos en la vida cotidiana de la gente. Es una injusticia paradójica, una dislocación conceptual, quizá producto del alto nivel de violencia simbólica que destilan titulares y zócalos contra aquellos que decidieron ingresar en la política con algún ánimo más que subordinarse a empresas y bancos.

De todo el kirchnerismo, Cristina es la única que en este mes de octubre alcanzó una imagen positiva que llega a la mitad de los consultados en cualquier encuesta, esto también lo sabe Magnetto.
Y no ignora que, cuatro años después de la muerte de Néstor y el “Clarín Miente”, el gobierno magullado e impertinente de Cristina es el que viene ganando en el tiempo la confrontación más importante de la democracia después del juicio a represores y genocidas de los ’70.

La mitad de la sociedad ya sabe que los medios ofrecen un relato acorde a sus intereses políticos y económicos, según la encuesta que leyó el CEO. El “Clarín Miente” hoy es cosa de millones, del mismo modo que el kirchnerismo hace once años era un grupo de 300 santacruceños que venían a ocupar puestos y ministerios que desconocían.

Esta parte de la realidad que otros invisibilizan también pasa. Magnetto se hizo monopólico en el espacio, pero el kirchnerismo se está haciendo cultura en el tiempo.

Los tres estadios colmados son un hormiguero. Las corporaciones no saben dónde terminan sus túneles y cuántas hormigas se ocultan allí abajo. Menos saben cómo pican esas hormigas cuando les patean la casa.

 

Fuente: http://tiempo.infonews.com/edicion/1612/argentina

Ahora sí, háganse los rulos

Por Mario Wainfeld

Siempre lo supe, dijo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y no hay margen para dudarlo. Siempre se supo, podría agregar el cronista, salvo en casos de extrema ingenuidad de gentes de a pie o de marcada malevolencia (cuanto menos, intencionalidad) de ciertos dirigentes opositores o “formadores de opinión”. Cristina Kirchner es (lejos) la principal figura del Frente para la Victoria (FpV), su mejor candidata, la única que garantiza la unidad de su espacio. Aquella cuya presencia organiza la interna entre peronistas que siempre se las trae y siempre tiene como viga de estructura la perspectiva del éxito.

La continuidad de su proyecto, su trayectoria, su vocación le indicaban el camino. Un protagonista político tiene deberes o tareas ineludibles, la suya era mantenerse en la brega.

Las versiones acerca de presuntas cuitas familiares fueron, usualmente, interesadas. Y, además, muy pobres en el diagnóstico. Sin entrar en la crónica doméstica, que el cronista aprecia poco, sus hijos siempre la acompañaron. Máximo Kirchner ya no es un chico, milita en el FpV con un perfil menos alto que el que desearían su adversarios, aunque suficiente para estar consustanciado con la continuidad. Florencia Kirchner entra en su mayoría de edad y sabe en qué hogar se crió.

Siempre lo supo, porque su objetivo es seguir adelante. Apenas, manejó los tiempos como le pareció más funcional.

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Si se repasa el pasado, se advierte que el ex presidente Néstor Kirchner y Cristina Kirchner predispusieron decisiones tácticas relevantes de modo similar. Irlas instalando, suscitar que se comenten en el Agora, en Palacio, en los medios. Acostumbrar, por así decir, a la opinión pública al tema, aunque reservándose el momento del anuncio, lo que les permitió (aun en desenlaces presumibles) el plus de la sorpresa.

Cierto es que durante el mandato de Kirchner regía otro modo de insinuar sus resoluciones. Era habitual que el presidente las discurriera, con más o menos precisión, con algunos compañeros, periodistas, dirigentes políticos o corporativos. Las anticipaba, “pensaba en voz alta” alternando interlocutores. Así fue con su decisión de no ir por la reelección en 2007, introducida en 2004, cuando la viabilidad de su gobierno era todavía una hipótesis en cuestión. El desendeudamiento con el Fondo Monetario Internacional, las candidaturas de la actual presidenta en 2005 y 2007 fueron otros ejemplos. Kirchner insinuaba, escuchaba, propiciaba un diálogo en el que podía cambiar de lugar según la posición del interlocutor. Cristina Fernández restringió mucho ese tipo de conversaciones.

Claro que discurrir o analizar un tema es algo radicalmente distinto a decidir. La decisión no es un silogismo ni un acto de pura razón, es un atributo de la voluntad. La decisión puede acometerse consultando, disponiendo de buen bagaje racional, de background, de números de todo tipo. Pero es –quien frecuenta el primer nivel de la política lo sabe– un momento de intensa soledad. En algún punto, el líder decide solo, se hace cargo de las consecuencias, buenas o fatídicas.

El manejo de los tiempos le permitió organizar su fuerza, enviar mensajes a la dirigencia sindical para que moderara demandas eventualmente desbordadas, “contener” a la inmensa mayoría de los cuadros peronistas, recomponer la relación con el gobernador Daniel Scioli. Y también diferir entreveros palaciegos acerca de otras candidaturas, como la de vicepresidente, que ahora debe zanjarse en cuestión de horas.

Ese enigma subsiste, la oradora sugirió (sin decirlo del todo, lo que le deja las manos libres) que contemplará la incorporación de nuevas generaciones. El concepto “generación” es de ardua traducción en política, no se compadece del todo con las edades. Por ejemplo, los comedidos de Palacio se preguntarán (por contados días) cómo “calza” el ministro Amado Boudou, que está más cerca de los 50 años que de los 40, aunque se inició en la política mucho después que la Presidenta.

Algo de mayor volumen supo la Presidenta, que fue construir el escenario para que esa candidatura tuviera las mejores chances para los comicios de octubre. En primer término, junto a su compañero, supo remontar dos derrotas fuertes (la resolución 125 y las elecciones de hace dos años), recuperar terreno, reconquistar adhesiones y sumar nuevas, recobrar legitimidad.

Supo hacerlo después del fallecimiento de Kirchner, cuando el sentido común de los medios dominantes la decretó incapaz de proseguir sin él. Faltó poco para que se dijera que no embocaría con la puerta de la Casa Rosada, que no sabría usar el teléfono. Que (mero espejo o delegada del poder de Kirchner) no daría en el clavo.

La ausencia del ex presidente dista de ser baladí. Es verosímil que hubiera ayudado a ahorrarle algunas dificultades o goles en contra en el lapso posterior a octubre, aunque conviene precaverse de atribuir infalibilidad a los que ya no están. El criterio es excesivo, máxime cuando se sabe que en vida cometieron errores severos, como todos los humanos o como todos los dirigentes, aun los mejores.

Lo real es que la Presidenta ejerció el comando, asumió su rol, adecuó su discurso y hasta su transmisión emocional a las nuevas, difíciles, circunstancias. Hoy día tiene la mejor imagen y la mayor intención de voto de todo su mandato, si se ponen entre paréntesis los poquitos días de la “luna de miel” postelectoral.

Nadie gana las elecciones en las vísperas, ningún horizonte está sellado a cuatro meses vista en un país dinámico inserto en un mundo en crisis. Pero su posición relativa es óptima, lo que también le sirve para disponer del manejo interno. Su liderazgo es una consecuencia de la gestión y la aprobación. Un buen tramo, el final que vale doble, lo recorrió sola.

Siempre lo supo, porque un dirigente de raza sabe que le están vedados determinados escondrijos o ausentismos (imaginables, y hasta por ahí no más, en las vidas privadas). Supo cómo llegar a una compulsa con la oposición dividida, con varios presidenciables que se apearon porque no les dieron el cuero o los sondeos. Con un gobierno que conserva sus coordenadas básicas, discutibles y mejorables, pero en cualquier caso previsibles en su direccionalidad. Y porque dobló la apuesta en las coyunturas más desafiantes y desalentadoras. Así llegó al anuncio de ayer, que todos descontaban en una política con vocación.

URL: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/170587-54305-2011-06-22.html