La Globalización y el Consenso de Washington *

La herramienta para generar las condiciones para la dominación hegemónica es “La Globalización”, obviamente se trata de instalar una única posición de los Estados con respecto al mercado. Esto es, que los Estados abandonen un rol protagónico de políticas productivas, protectorias y promotoras del desarrollo industrial, para dejarlo en manos de organismos financieros internacionales como el FMI y el BM, organismos que abordan los problemas con una perspectiva estrechamente ideológica que en la mayoría de los casos han producido grandes desequilibrios sociales que se traducen en mayor pobreza, mayor desigualdad, y en la frustración de procesos de desarrollo en la mayoría de los países que sometieron a “sus recetas de intención”.

En muchos casos, el FMI orientaba la actividad del Estado para que dejara que la actividad privada ocupara ese lugar, sin contemplar que lo que mueve los intereses privados es la maximización de la tasa de ganancia, por lo cual todo aquella actividad que no resultara ventajosa para el sector privado era inmediatamente abandonada, con la resultante de abandono a la población. Stiglitz, nos ilustra con una enorme cantidad de casos alrededor de todo el planeta de la implementación y los resultados de estas “políticas”.

Argentina es un caso modelo -leading case- donde se destruyó toda la matriz productiva, con el consecuente incremento de la tasa de desocupación y la generación de un robusto ejercito de reserva (desocupados en espera de lograr un puesto de trabajo) y con ello de la pobreza, con una economía en recesión, debilitando a la llamada “clase media”, colmando el mercado con productos importados que cada vez menos personas podían consumir, hasta el año 2001, donde el modelo económico hizo explosión arrastrando a las capas sociales más vulnerables, que perdieron su identidad, su pertenencia de clase y su humanidad.

Stiglitz nos ilustra que este tipo de descomposición social perdura mucho tiempo y que revertirlo tambien toma mucho tiempo. Otro elemento que coadyuva la imposición de la globalización es la corrupción basada en el fundamentalismo del mercado, que acompañó los llamados procesos de privatización acompañada de lo que en muchos países se le denominó “sobornización”.

Otro elemento de gran importancia en este proceso, fue la liberación de los mercados de capitales, que bajo el razonamiento simplista –nos dice Stiglitz- de que los mercados libre son más eficientes, y la mayor eficiencia se traduce en crecimiento.

Estos mercados más eficientes atraerían la “inversión extranjera” que sentaría las bases para el crecimiento, pero la realidad demostró que era lo contrario, puesto que una vez que la empresa internacional expulsaba a los competidores locales, emplea su poder monopólico para subir los precios, convirtiendo con ello en efímero los beneficios de los precios bajos que ofrecería la libre competencia. Lo cierto es que estos capitales ingresan a los países para “acaparar oportunidades de beneficio a toda prisa”. Y es en esa vorágine que ni bien dejan de obtener la maximización de la tasa de ganancias, se retiran con la misma velocidad con la llegaron, dejando a la sociedad con mayor desprotección debido al rol acotado del Estado.

El sector financiero no escapa a esta lógica perversa. Argentina demuestra los riesgos que conlleva la banca extranjera. En nuestro país, antes del colapso del 2001, la banca nacional había llegado a ser dominada por bancos extranjeros, y aunque estos proveen fácilmente de fondos a las multinacionales y a las grandes empresas locales, las pequeñas y medianas empresas se quedaron sin capital y sin posibilidad de obtenerlo, porque el costo del dinero resultaba ser muy alto sin margen de rentabilidad para las pymes. Y en ese escenario, la financiación pública no podía compensar la falla del mercado.

El caso paradigmático: ante la apropiación de los depósitos de la población, los bancos extranjeros establecidos en el país, recurriendo a ficciones jurídicas, se desvincularon de sus subsidiarias evitando con ello asumir la responsabilidad que les correspondía. Es decir, instalaron en el imaginario social que el respaldo era del banco extranjero para lograr la confianza de la población, pero al momento de responder, resultaba que no existía.

Como el FMI forzó recortes en el gasto y subidas en los impuestos, se puso en marcha un círculo vicioso descendente de recesión económica y de agitación social. El sector privado se llevaba los beneficios y el Estado asumía los riesgos.

En cualquier circunstancia, los beneficios prometidos no se concretaron. En muchos lugares los fracasos retrasaron la agenda del desarrollo al corroer innecesariamente el tejido social, resalta Stiglitz.

Las reformas del Consenso de Washington han expuestos a los países a riesgos mayores, y los riesgos han sido soportados desproporcionadamente por quienes eran menos capaces de asumirlos.

El hecho de que tantos de los casos de éxito hayan seguido estrategias marcadamente distintas de las del Consenso de Washington es significativo.

* Extracto del Trabajo Final de “Sociedad y Reforma del Estado” – Facultad de Derecho – UBA 2015-II.

Nota: Las politicas que está implementando el gobierno actual en Argentina que preside Macri se pueden analizar bajo éstas mismas categorias.

Texto Completo: Sociedad Civil y Reforma del Estado