De la objeción a la discusión

http://www.pagina12.com.ar/diario/debates/32-163537-2011-03-07.html

Por Eduardo Grüner

1 La relación conflictiva entre literatura y política es al menos tan antigua como esos dos campos –cuya separación, por otra parte, es un invento de la modernidad–. El conflicto está ya al rojo vivo en ese género que pasa por ser el origen mismo de la literatura occidental, la tragedia griega: ¿por qué si no Platón aboga por la expulsión de los poetas de su ciudad ideal? Desde La República hasta el concepto sartreano de una literatura “comprometida” o las duras polémicas entre Adorno y Lukács o Bertolt Brecht, el problema se plantea una y otra vez. ¿Cuál es la solución? Ninguna. No la hay. Que la cuestión haya nacido con la tragedia es fuertemente simbólico: no hay posibilidad de “síntesis”, de “superación”, de “tercera posición” ante esa tensión irreductible e irresoluble. Hay que bancársela, como reza la jerga juvenil. Igual se puede –y seguramente se debe– hacer una y otra vez las sempiternas preguntas: ¿puede alguien ser un gran escritor, incluso un escritor decisivo, estéticamente “revolucionario” para la literatura contemporánea, y al mismo tiempo un ultraconservador, un reaccionario, un fascista de la peor especie? Por supuesto que sí: ahí están Céline, Ezra Pound, Eliot, y siguen las firmas. Al revés: ¿se puede ser un escritor intachablemente “progre”, de izquierda, políticamente “revolucionario”, y al mismo tiempo literariamente mediocre, ramplonamente panfletario, poéticamente inexistente? Claro que sí: una lista mínima llenaría doce páginas de este diario, con perdón del mal chiste. Ahora bien: ¿significa esto que se pueden alegremente separar las dos cosas, autonomizar plenamente el enunciado literario de la enunciación política o viceversa? De ninguna manera: eso sería, justamente, hacerse la vida demasiado fácil, y disolver ideológicamente la tensión que no puede ser resuelta materialmente (es la eficaz definición que daba Lévi-Strauss del mito: la resolución en el plano de lo imaginario de los conflictos que no tienen solución en el plano de lo real). Es cierto: la literatura de ficción o la poesía permite otras vías de escape que están mucho más obstruidas para la filosofía o las ciencias sociales: el “caso” Céline no es, en este sentido, equivalente al “caso” Heidegger, por sólo nombrar esquemáticamente dos paradigmas. Un filósofo –perdón: ahora se dice un “pensador”– trabaja directamente con ideas a las que él supone verdaderas; no tiene, por lo tanto, el recurso estilístico de hacer hablar a un “narrador”, o a personajes ficcionales que no necesariamente representan el punto de vista del autor. Pero eso no significa que el autor de ficciones no tenga un punto de vista propio. Pongamos el caso de Vargas Llosa (no sé por qué se me ocurre ahora hablar de él): no se trata de un escritor “puro” –si es que pudiera existir semejante entelequia– con ideas políticas estúpidas o irresponsables, como algunos han intentado plantear (mal, pero sigamos) para el “caso” Borges. Vargas Llosa es también un militante político , un operador e “intelectual orgánico” de las derechas transnacionales, que ha usado y abusado de su seguramente merecido buen nombre literario para hacer –es una opinión personal, claro– la peor de las políticas. Y lo ha hecho, con frecuencia, incluso en la Argentina. Y de paso con un discurso virulentamente descalificador hacia el actual Gobierno; pero este no es nuestro problema ahora.

2 ¿Qué queremos decir con todo lo anterior? Que el problema es político, y no “literario”. Aun si, como sostenemos, esos dos aspectos no se dejan separar fácilmente, las circunstancias particulares hacen que casi siempre uno de ellos sea el dominante. Y aquí es –o debería ser– el político. Y no es que lo digamos nosotros: permítasenos insistir en que es el señor Vargas Llosa el que viene sistemáticamente subordinando la literatura a la política, no tanto por lo que escribe sino por las maneras en que usufructúa políticamente su nombre público, conquistado literariamente. Del mismo modo que aprovechará ahora el honor de inaugurar la Feria para prestigiar ante la derecha mundial su movimiento abyectamente antipopular, en el mismo país que lo va a albergar como huésped de honor, y a cuyo pueblo ha insultado reiteradamente de las peores maneras. Bien: es legítimo, y está en su derecho de hacerlo. Y nosotros en nuestro derecho de oponernos, sin que se nos extorsione con el fantasma de la “censura”. Pero entonces hay que responderle en el campo de la política, y no en el de la “pura” literatura. ¿Qué importa, a los efectos de esta discusión, si escribe bien, mal o más o menos, si ganó el Premio Nobel, –y a esta altura no debería hacer falta recordar el carácter muy frecuentemente político de ese premio– o cualquier otro? Invocar cosas como la “libertad de expresión” a este propósito es un completo des-propósito. Para empezar, ¿quién se la está cuestionando? Es libre de decir lo que le venga en gana en donde quiera. Lo que se discute, en todo caso –lo que Horacio González, con toda mesura, puso en discusión–, es que lo diga en el acto inaugural de la Feria, con la carga simbólica (y política) que eso tiene. Si no iba a ser un escritor argentino, si por las razones que fueren –Noé Jitrik, también con mesura, ha sugerido algunas bien verosímiles– tenía que ser un Premio Nobel, ¿no había muchos otros? Algunos podrían decir que es la Presidenta la que no toma en cuenta la “libertad de expresión” cuando les pide a los intelectuales simpatizantes que no hagan tanta ola con la cuestión. Tampoco sería cierto: finalmente es lógico que un (o una) líder político, equivocadamente o no, pida alguna disciplina en sus filas. No hay por qué obedecer, desde ya. Pero entonces el problema es político.

3 ¿Y la Feria del Libro, ya que estamos? A nadie, en el “campo intelectual”, se le puede ocultar que es un fenómeno comercial, o de la industria cultural, antes que estrictamente literario. Son las reglas del juego: hasta nuevo aviso, estamos en el capitalismo. Pero pasan por allí, en promedio, un millón de personas. Y si además sirve para promocionar buenos libros y debates interesantes, está bien. Pero un millón de personas es un hecho fuertemente político, aunque en la Feria se hablara solamente de la poesía mística del Siglo de Oro. Y ni qué hablar del significado tradicionalmente político del acto inaugural: más de un presidente, un ministro de Educación o un secretario de Cultura se ha tenido que comer una buena rechifla o cosas peores (si bien en general a los gobiernos anteriores eso les ha preocupado menos que las silbatinas de la Sociedad Rural, que casualmente funciona en el mismo predio) en ese acto. ¿Entonces, por qué no hacerse cargo de esa dimensión y dar el debate en esos términos, en lugar de desviar el eje con cortinas de humo como la “libertad de prensa” y sonsonetes afines? En un momento en que tanto se habla del “retorno de la política” (no sabemos adónde se había ido, pero en fin, entendemos el sentido que se quiere dar a la figura), ¿vamos a despolitizar nada menos que la Feria del Libro? ¿Vamos a creernos que en el “campo intelectual” no hay política (aunque por supuesto la literatura no pueda reducirse a ella)? ¿Que flota como una nube vaporosa y prístina por encima de los conflictos ideológicos, la lucha de clases, la mundialización del capital, las rebeliones populares en el Norte de Africa, las intentonas más o menos golpistas contra varios gobiernos latinoamericanos (recordar, por favor, que hablamos de Vargas Llosa, locuaz ideólogo)? Como diría algún intelectual de otras latitudes: ¡joder, hombre!

4 En otro plano –para ser muy modestamente provocativos– habría que decir: la verdad, mire, me importa un bledo si don Vargas Llosa habla o no en la inauguración de la Feria. Convengamos en que –salvo por el hecho de que los intelectuales a veces tenemos la tendencia a recocernos en nuestra propia salsa– no es un gran drama nacional. Cualquiera puede con todo derecho decirnos que, frente a tantas otras cosas, es un ítem menorísimo. Puede ser. Pero es al mismo tiempo un síntoma riesgoso. Más allá de interpretaciones más o menos conspirativas –que en la Argentina suelen tener alguna razón de ser– sobre si se quiso poner en apuros al Gobierno en un año electoral, y más allá de si hubo errores o descálculos en la organización de la Feria, es una evidencia de que lo político termina subordinándose a la lógica de la industria cultural, el mercado internacional, el aparato publicitario de masas, y demás. No es algo para extrañarse mucho, ni se va a acabar el mundo. Pero es bueno que se diga, para que no olvidemos que algunas cosas siguen tan vigentes como siempre. El gesto de Horacio González y el debate de los últimos días (y ojalá siga) han servido al menos para poner eso sobre el tapete. Y no sólo eso: también para tratar de repensar cuál es el famoso “rol de los intelectuales” en el campo político, incluso –y quizá sobre todo– de aquellos que se sienten cercanos al Gobierno. Y también de los que no, sean de izquierda o de derecha. Me consta que lo hacen permanentemente, y que no son tímidos a la hora de procesar sus propios dilemas (este debate es una prueba), pero sería un paso interesante que la cuestión tome estado cada vez más público. Es –como ha dicho muy bien en estos días el escritor Luis Gusmán– la oportunidad de pasar de la mera objeción a la discusión en serio.

Nocaut por comparación

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-163609-2011-03-07.html

Por Eduardo Aliverti

Por lo general, nadie siente que los discursos políticos pueden cambiarle la vida en un sentido estricto. A escala histórica, son pocas las alocuciones frente a las que los pueblos se percibieron delante de un hecho decisivo. Pero también ocurre que se necesita del paso del tiempo para mensurar lo profundo, o no, de ciertas verbalizaciones políticas. Y sobre todo, suele suceder que no se las coteja con el resto de lo que se escucha.

Esto último es lo acaecido con la palabra presidencial en la apertura de las sesiones del Congreso, lo cual es una forma de decir: como lo reconocen miembros de ambas Cámaras y de todas las extracciones, ni siquiera en voz baja, tratándose de un año electoral estarán haciendo campaña antes que adentro del recinto, en proporción de diez o veinte a uno. No es un dato aleatorio, porque expresa que la gran cocina pasará (mucho) más por lo propositivo comicial –en la mejor de las hipótesis– que por las acciones concretas desde las bancas. Nunca fue distinto. Es lo inherente a un sistema fuertemente presidencialista como el argentino, y no viene al caso si hay que conservarlo. Dicho de otra forma, nadie interpreta que la mejor plataforma electoral sea trabajar de diputado o senador. Esté bien o mal, hay una diferencia sustantiva entre oficialismo y oposición; que es universal aunque por estas pampas, en estas circunstancias, se acentúa: el primero tiene para mostrar lo que hizo y hacia dónde va, desde la ratificación de lo obrado; y la segunda tiene el problema de no haber hecho nada, con la suma de no conocerse tampoco qué es lo que quiere en términos de articulación de fuerzas.

El discurso de Cristina debería ser revisado, no única pero sí esencialmente, bajo esa perspectiva. Lo contrario significaría que su pieza oratoria puede ser apreciada o denostada como un episodio suelto, aislado de contexto, remitido nada más que a la disposición favorable o negativa que despierten su figura y gobierno. ¿Es lógico eso? De lógica pura, entiéndase. De método analítico, no de pasiones.

Para gusto del firmante, ante un ámbito tan “institucional” y siendo de esas disertaciones trazadoras de grandes líneas, la Presidenta ignoró temas que no debió obviar. Iban a cuestionarla igualmente, desde ya, según es uso y costumbre en casi cualquier oposición respecto de casi cualquier oficialismo. Sin embargo, ante lo horrible en particular de esta franja opositora que no dispone, ni apenas, de alguna perorata superadora del mero oposicionismo, ¿para qué dejar el flanco de no hablar de la inflación? ¿Por qué no profundizó, como supo hacerlo hace poco, en la responsabilidad de los formadores de precios? ¿Por qué ofrecer otro blanco absoluto sobre el desquicio en el Indek? ¿Por qué no haber fugado hacia adelante con una explicación estructural acerca de que se paga deuda con reservas? ¿Por qué soslayar la distribución de ganancias entre los trabajadores? A un cuadro político con la personalidad de Cristina, portadora de esa capacidad retórica deslumbrante y enfrentada a gente con serios aprietos para armonizar sujeto, verbo y predicado, le cuesta chaucha y palito acostarlos con dos o tres oraciones fulminantes y conceptuales. Lo hizo, es más, durante su propio discurso. Al Gardiner mendocino le solicitó que mandara apagar el bullicio de sus acólitos radicales, y no jodieron más. Y a un mediocre necesitado de protagonismo, que pegaba grititos y cuyo nombre ni tan sólo importa, le fijó la vista de lejos para preguntarle “¿cómo es su nombre, diputado?” (el tipo ése, ¿se aguantará el espejo desde el otro día?). Le bastó un disparador, el de que “no se hagan los rulos” con su candidatura próxima o eterna, para que los chiquilines de la oposición se tomaran de “hacerse los rulos” como decadente opción imitativa de respuesta. Qué manga de gente gris. Con tanto territorio libre de obstáculos que no sean los propios, no se justifica que Cristina haya regalado espacios. Y esto vale sin perjuicio de aquello en lo que sí marcó rumbo, y que fue prolijamente salteado en el parecer de los corifeos opositores. La extensión de la Asignación Universal por Hijo a las embarazadas. Lo imperioso de un nuevo estatuto del peón rural. Un nuevo régimen de adopción. Reformular la ley penal tributaria para los grandes evasores.

A Scioli le dedicó que la inseguridad no debe ideologizarse, que no es una frase muy feliz que digamos viniendo de alguien ideologizado como ella, aun cuando se entienda la chicana para que acabe con tonterías tales como bajar la edad de imputabilidad; y, más allá, para que corte con seguirle la emoción fácil a lo que escucha en TN o Radio 10; y, más allá, para que se entienda que en el proyecto, o como quiera llamárselo, no hay lugar para tibios ni, mucho menos, para quienes no ofrecen garantías de que a mediano y largo plazo no volverán a andadas menemistas. Ya se lo habían avisado con el impulso a la candidatura de Sabbatella. Y se lo advirtieron a los barones del conurbano, propulsando esas listas colectoras que el cinismo kirchnerista denomina “de adhesión”. Cristina dijo también que a los sindicalistas los quiere de compañeros y no de cómplices, pero al respecto los grandes medios y figuritas opositoras prefirieron hacerse los tontos; o, peor, en ese aspecto son tan tontos que en lugar de denunciar la picardía presidencial, con el fin de seducir sectores medios, se rindieron a sus intereses de clase para asegurar que la Presidenta ya no aguanta más ni piquetes ni paros salvajes. Son tan increíblemente torpes que eligieron concentrarse en que hay un operativo destinado a la recontraelección de Cristina en 2015 (al margen del urgente asesor comunicacional que necesita la diputada Diana Conti). O en la apasionante revelación de que un órgano de los Estados Unidos alerta por la fuerte suba del consumo de cocaína en Argentina: título central de portada de Clarín, el viernes último, que el mismo diario remitió para su desarrollo… a la página 49.

El resumen de todo esto sería que, sea hache o be, furibundos en la crítica o defensa de la jefa de Estado y su administración (y su discurso, para el punto), ella manifestó una serie de omisiones, críticas y propuestas que son contrastables con lo actuado. Y con cómo lo actuado adelanta o retrocede de cara al futuro. Enfrentado a eso, y con la licencia de decir “objetivamente” como si la objetividad no fuera poco menos que un valor abstracto, lo que hay es examinar el debe y haber del oficialismo, sí, pero sobre todo aquello de los contrastes. Se encuentran, muy rápido, discursos vacíos de cualquier definición. Macri en apertura de sesiones distrital convocando a atención de infancia desprotegida, como si fuera un dirigente socialista. Cobos y su insistencia en parecer una fotocopia de De la Rúa, si eso fuera posible. Sanz en el Gran Rex, delante de las viudas decrépitas de la Alianza, bajando como toda línea un “hola, soy Sanz, quiero ser Presidente”. Pino en campaña ¡¡¡en Expoagro!!!, subido a babucha de Clarín y La Nación, por ser contemplativos. El hijo de Alfonsín, contando que ya está cabeza a cabeza con la Presidenta. Como otras veces, da vergüenza seguir. Vergüenza ajena.

O sea que, tal vez, no haya sido la fracción discursiva más completa o atractiva de la Presidenta. Simplemente, fue de esos discursos a los que, si no les sobra, les basta con que su protagonista, y sus alcances, sean comparados con lo que hay enfrente.

Vargas LLosa en la Feria Porteña

Una Trampita o poco cuidado

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-163353-2011-03-03.html

Por Mempo Giardinelli

En estos días se discute, en diversos ambientes vinculados con la literatura y la industria del libro, la invitación a Mario Vargas Llosa para que inaugure la Feria del Libro de Buenos Aires este año.

El más reciente Premio Nobel de Literatura es un grande de las letras latinoamericanas, maestro de por lo menos dos generaciones y no sólo en Perú y aquí, sino en el mundo entero. Debiera ser considerado honrosísimo y muy oportuno que una personalidad tan destacada venga a la Argentina a abrir nuestra feria mayor, seis meses después de haber sido galardonado en Estocolmo.

Sin embargo, esta vez es absolutamente cuestionable que se lo haya invitado a dar el discurso inaugural. Porque se trata, cada año, de un discurso político. Lo cual debería imponer un extremo cuidado a los organizadores, a la hora de invitar a quien lo pronuncie. Y eso es lo que no ha habido en este caso. Por eso estuvo bien Horacio González en su carta, como estuvo bien la Presidenta después. Pero caben otras consideraciones.

La posición política e ideológica de Vargas Llosa es conocida en todo el mundo como propagandística del más dogmático neoliberalismo; por lo tanto es desaconsejable invitarlo a abrir la Feria, pero del mismo modo que sería desaconsejable invitar a cualquier representante dogmático de cualquier otra posición doctrinaria. Esa es la cuestión central de este episodio.

Es cierto que el maestro Vargas Llosa hace menos de un año anduvo haciendo y escribiendo declaraciones muy agresivas acerca de nuestro país, nuestros gobiernos y nosotros los argentinos. Fueron declaraciones no sólo provocadoras sino también, y por decir lo menos, desinformadas y prejuiciosas; injustas y gratuitas.

Nada de eso ameritaría distinguirlo, por lo tanto. De donde invitarlo a abrir la Feria magna de este país y este año es, y otra vez por lo menos, un error. Y una tontería si fuera una decisión ingenua, que no es lo que parece. Porque alguien –ignoro quién o quiénes– parece haber buscado que esta feria, en año electoral, sea una piedra en el zapato del Gobierno.

Y eso es lo irritante. Porque pone a la Presidenta en un lugar gratuitamente incómodo. Si asiste, se comerá un discurso ofensivo, desinformado y provocador. Y si no va, quedará colocada en un lugar de cobardía.

Peor aún: si va y escucha y no responde, acabará contrariada. Y si va y escucha y responde (que es lo más probable), entonces la prensa española y la prensa argentina neocolonizada la despedazarán diga lo que diga.

No hay salida. Y ahí está la trampa.

Por lo tanto, el problema no es el Premio Nobel Vargas Llosa, cuya consagración fue irreprochable porque en él se premió una estética literaria moderna, innovadora, original y escrita en los márgenes de la civilización imperial. El se prestará a este juego por afinidad ideológica, y porque más allá del enorme narrador que es, también es un cruzado neoliberal, de esos que se espantan ante cualquier gesto o corruptela kirchnerista, pero a Menem le toleraron sin chistar que nos rifara el país, el petróleo, los ferrocarriles, los puertos y la mar en coche.

Pero si el problema no es Vargas Llosa –que ya que fue invitado debe venir, y hablar, y decir lo que se le ocurra, que es lo que corresponde en un país democrático y en el que sí impera la libertad de expresión–, entonces el problema son las autoridades de la Feria del Libro. Obviamente no todas, porque conozco esa institución a la que respeto desde hace años. Pero alguien ahí, no sé si una interna o algún dinosaurio/a extraviado, ha jugado esta baza inteligente: es difícil, casi imposible oponerse a la idea de un último Nobel, y además latinoamericano, para abrir la Feria.

Me parece, pues, que simplemente habría que repudiar esta invitación si él viene a pronunciar un discurso político (lo que me parece altamente probable). Y habría que aplaudirla si viene a dictar una conferencia magistral sobre Literatura, materia en la que es docto como pocos y sin dudas deleitará al auditorio. Sería bueno que se conozca desde ahora el título de su discurso, aunque es obvio que luego el maestro Vargas Llosa dirá lo que se le antoje, y en mi opinión no se privará de esgrimir en su texto dardos, estiletes e ironías. Allá él.

Pero una cosa es una cosa y otra es que alguien parece haber hecho una trampita en este asunto. Para convertir la organización de la Feria del Libro en una especie de Mesa de Enlace intelectual, utilizando la figura de Mario Vargas Llosa, y acaso con su beneplácito. Penoso episodio, si fue así.

———————————————————————————-

MI OPINION ES CONVOCAR A LA NO ASISTENCIA EN EL CASO QUE EL DISCURSO DE MVLL SEA POLITICO Y NO ACADEMICO.

EN NINGUN CASO RECURRIR AL ESCRACHE

Vamos a andar (Silvio Rodriguez)

Vamos a andar
en verso y vida tintos
levantando el recinto
del pan y la verdad.

Vamos a andar
matando el egoísmo
para que por lo mismo
reviva la amistad.

Vamos a andar
hundiendo al poderoso
alzando al perezoso
sumando a los demás.

Vamos a andar
con todas las banderas
trenzadas de manera
que no haya soledad.

Vamos a andar
para llegar
a la vida.

(Silvio Rodriguez 1978)

Testamento (Silvio Rodriguez)

Como la muerte anda en secreto
y no se sabe qué mañana,
yo voy a hacer mi testamento,
a repartir lo que me falta
—pues lo que tuve ya está hecho,
ya está abrigado, ya está en casa—.
Yo voy a hacer mi testamento
para cerrar cuentas soñadas.

Le debo una canción a la sonrisa,
a la sonrisa de manantial, esa que salta:
le debo una canción a toda prisa
para que quede que estuvo cerca, agazapada.

Le debo una canción a lo que supe,
a lo que supe y no pudo ser más que silencio:
le debo una canción, una que ocupe
la cantidad de mordazamor de un juramento.

Les debo una canción a los pecados,
a los pecados que no gasté, los que no pude:
les debo una canción, no como hermano,
sino de sal que el delectador también alude.

Le debo una canción a la mentira,
a la mentira pequeña, frágil, casi salva:
le debo una canción endurecida,
una canción asesina, bruta, sanguinaria.

Le debo una canción al oportuno,
al oportuno mutilador de cuanta ala:
le debo una canción de tono oscuro
que lo encadene a vagar su eterna madrugada.

Le debo una canción a las fronteras,
a las fronteras humanas, no a las del misterio:
les debo una canción tan poco nueva
como la voz más elemental de los colegios.

Le debo una canción a una bala,
a un proyectil que debió esperarme en una selva:
le debo una canción desesperada,
desesperada por no poder llegar a verla.

Le debo una canción al compañero,
al compañero de riesgos, al de la victoria:
le debo una canción de canto nuevo,
una bandera común que vuele con la Historia.

Le debo una canción, una, a la muerte,
una a la muerte voraz que se comerá tanto:
le debo una canción en que hunda el diente
y luego esparza con la explosión fuegos del canto.

Le debo una canción a lo imposible,
a la mujer, a la estrella, al sueño que nos lanza:
le debo una canción indescriptible
como una vela inflamada en vientos de esperanza.

(Silvio Rodriguez 1976)