Se dice y no se dice sobre la Argentina

Por Mario Rapoport *

En los últimos meses, en junio y agosto de este año, uno de los más prestigiosos diarios franceses, Le Monde, publicó varios artículos sobre la Argentina.

Resulta interesante reproducir algunos de sus conceptos para tener una mirada externa acerca de nuestra realidad. En uno de ellos, del 25 de junio, se señala que “El milagro argentino fue un engaño” y que “diez años después de haber repudiado parte de su deuda, el país no tiene acceso al mercado de capitales”. Pero lo más importante, a mi juicio, es cuando dice que “Grecia sería mal asesorada si se inspirara en este precedente”.

Estas frases, tomadas de títulos y subtítulos explican adónde conduce la nota, por cierto bastante extensa: no está dirigida a la Argentina sino que tiene por objeto advertir a Grecia lo que no debe hacer.

En otro artículo del mismo diario, el gobernador del Banco de Francia expresa claramente que “la voluntad de autonomía de los Estados de la Zona Euro debe borrarse” (Le Monde, 29 de junio de 2012).

Grecia no puede de ningún modo salir del euro, retornar al dracma, devaluar su moneda y repudiar su deuda como hizo la Argentina, a la que le terminó yendo –según los autores del primer artículo– bastante mal.

Cierto que se desendeudó, expandió sus exportaciones y tuvo altas tasas de crecimiento por varios años, algo que le atribuyen a una casualidad, los elevados precios de la soja; sin mencionar la reindustrialización ni la recuperación del mercado interno, de los salarios, de la ocupación o de las jubilaciones. Tampoco la suerte que tuvo el FMI al poder recobrar su deuda.

En verdad, la nota que comentamos del 25 de junio relata en forma no demasiado ordenada la trayectoria argentina de las últimas décadas.

Parte de equiparar los controles sobre el dólar y las medidas proteccionistas del actual gobierno con la crisis de 2001 y señala el malestar de muchos por el proceso inflacionario y la aparición de un dólar paralelo.

En aquel momento, hay que recordarlo, la crisis afectaba a la mayoría de la población y las protestas que suscitó eran por otras razones y contra otro gobierno, cuyos responsables el artículo no nombra, como tampoco menciona las políticas que llevaron a esa crisis, la más profunda de la historia argentina.

El FMI, al que los autores de la nota afirman que muchos argentinos llamaban el Fondo de la Miseria Internacional, era el que dictaba las políticas económicas de entonces como ahora dicta el nuevo plan económico griego. Posiblemente en el futuro los griegos lo rebauticen también con ese nombre.

Citando a dos ex banqueros centrales latinoamericanos que arriman la bocha diciendo que “la experiencia argentina debería disuadir más que estimular a seguir tal vía”, el artículo continúa tratando de desmitificar lo que denomina el “milagro argentino”.

Tras afirmar que no se han terminado de pagar los costos de la crisis de 2001 se pregunta si eso “¿no será por qué el milagro argentino le ha costado caro al país? Muy caro.Antes que la economía se recupere, el PIB cayó un 20 por ciento, el año del default, y la inflación era del 23 por ciento […] la devaluación masiva arruinó a ahorristas y empresas, y más de la mitad de la población cayó bajo el umbral de la pobreza”.

Se deja suponer, sin duda, que a Grecia le sucedería lo mismo y no menciona cómo se tuvo que llegar a ese extremo, porque en 2001, cuando verdaderamente se expropió con el “corralito” el ahorro de los argentinos, la deuda externa superaba ampliamente el PIB y la desocupación y la pobreza ya asolaban al país.

El Producto no cayó en un año un 20 por ciento por la devaluación, sino a consecuencia de políticas que lo endeudaron y regalaron sus principales activos, destruyendo el empleo y provocando la desindustrialización y destrucción del aparato productivo.

Un proceso que empezó con el terrorismo de Estado de la dictadura militar en 1976 y fue profundizado con los últimos gobiernos democráticos de la década del ’90. Todos bajo la supervisión de ese Fondo de la Miseria Internacional que el artículo menciona. Algo parecido a lo que les está pasando ahora a muchos países europeos y en primer lugar a Grecia.

Recordemos que todo esto sucedía cuando Argentina tenía pleno acceso a los mercados internacionales de capitales, en momentos en que Michel Camdessus, entonces presidente del mencionado Fondo, felicitaba a un presidente argentino porque el país se había incorporado al Primer Mundo.

Nadie pensaba entonces que todo se basaba en una paridad con el dólar insostenible, quizá similar a la actual situación de muchos países de la Zona Euro, que no cumplían los requisitos para entrar a ella, salvo, como en el caso griego, por las maniobras ilícitas de Goldman Sachs experta en esta cuestión, como nos cuenta Galbraith, desde la crisis de 1929.

Cabe recordar además a los autores del artículo que la Argentina no repudió su deuda como señalan, sólo llamó a los acreedores a un canje de la misma, y que parte de ella era deuda odiosa, proveniente de una sangrienta dictadura militar.

En síntesis, sobre la cuestión del acceso a los mercados de capitales, debemos reconocer que a la Argentina le fue muy mal cuando estuvo en ellos, aunque llegó a ser felicitada por su conducta y ahora es calificada clase “D”.

Un segundo tema es el del proteccionismo, al que se refiere más extensamente otro artículo del mismo diario del 24 de agosto y que se titula “El proteccionismo argentino es de más en más atacado por sus partenaires de la OMC”.

Todo por el hecho de que la Argentina reclama que no se le prohíba la entrada de carnes y limones en los Estados Unidos, mientras aplica medidas proteccionistas, lo que el periodista define en forma alarmista, no muy al estilo del prestigioso diario, como “una nueva escalada en la guerra comercial que opone la Argentina al resto del mundo”.

En la crisis actual, iniciada en Estados Unidos y Europa y que afecta sobre todo al mundo desarrollado, muchos economistas y políticos ya preconizan el retorno al proteccionismo para huir de las finanzas internacionales y de su trampa y proteger las producciones nacionales.

En cualquier caso, es necesario cambiar las reglas del juego del comercio internacional, donde los únicos que pueden ser proteccionistas son los países ricos.

Preguntemos si no, si se ha suprimido la Política Agraria Común de la UE. O si el proteccionismo no fue también permanente en la política de Estados Unidos desde su independencia hasta casi mediados del siglo XX (y sigue siéndolo para muchos de sus productos agrarios a través de subvenciones).

Lo mismo ocurrió durante la crisis de los años treinta en la política de numerosos países, incluida la campeona del libre comercio, Gran Bretaña, y los gobiernos conservadores, ideológicamente liberales, de la Argentina de entonces. No constituye en sí una política de encerramiento económico; es la crisis mundial la que empuja a los países en este sentido.

Si ambos artículos suenan alarmantes, por supuesto con eco en la Argentina, deberíamos decirles que lo que nos piden ya lo tuvimos, y que la expropiación de los ahorros, realizada varias veces por gobiernos militares y civiles –mediante inflaciones, hiperinflaciones, planes Bonex o leyes de convertibilidad–, poco tiene que ver con el control de cambios, que no significa expropiación alguna, salvo para aquellos que lo equiparan a verse impedidos de fugar capitales.

Los inversores extranjeros no querrán venir a la Argentina, pero nunca se quejaron de las grandes ganancias y remisión de utilidades que enviaron a sus respectivos países, entre ellas una empresa que se llama Repsol.

Todo indica que lo que se quiere es volver en la misma Europa a un capitalismo del siglo XIX y cualquier ejemplo en contrario les duele un poco.

Pero más les va a doler cuando los “indignados” se sacudan en serio de la trampa en la que cayeron, desde las “subprime” a la pérdida de sus empleos.

En cuanto a los argentinos, quizás algunos recuerden con igual furor los 500 millones de dólares que confiaron en el gentleman Bernard Madoff, billetes verdes que nunca más verán, o que invirtieron en las ahora desvalorizadas propiedades de Miami o de las costas españolas, verdaderos cantos de sirena.

* Economista e historiador.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-204158-2012-09-25.html

Estado y Alianzas en la Argentina, 1956-1976

Estado Y Alianzas en la Argentina, 1956-1976.
Guillermo O’Donnell,

Libro:
CONTRAPUNTOS, Ensayos escogidos sobre autoritarismo y democratización
Editorial Paidós

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CAP. 1 – ESTADO Y ALIANZAS EN LA ARGENTINA, 1956-1976

Introducción

Estudio el intento iniciado en 1966 de implantar y consolidar en la Argentina lo que he llamado un estado “burocrático-autoritario”. Sus modalidades de alianza con la gran burguesía domestica y el capital internacional, sus impacto sociales y su colapso a partir de las grandes explosiones sociales de 1969, los he comparado con las experiencias de Brasil a partir de 1964, de Chile en 1973 y en la medida de lo posible con el Uruguay actual.

Corresponde aquí ver las diferencias especificas del periodo burocrático-autoritario argentino de 1966 con los restantes, los que a su vez permiten entender las razones por las cuales han fracasado, una y otra vez las pretensiones de establecer cualquier tipo de dominación política, (o lo que es igual, cualquier tipo de estado) en la Argentina.

Análisis de las tendencias de largo plazo que enmarcan las coyunturas que permiten ligarlas al proceso histórico en el que han emergido y se han disuelto.

Se señalaron  algunas diferencias específicas del caso de “autoritarismo burocrático” argentino de 1966-1973 en relación a los restantes.

En síntesis, las principales fueron:

1. El nivel menor de “amenaza” previo a la implantación del nuevo estado
2. Los controles no tan severos aplicados al sector popular y sus aliados políticos
3. El mayor nivel de autonomía del sector popular y de los sindicatos frente al estado y las clases dominantes
4. La moderada caída de los salarios obreros y la pérdida bastante más abrupta del ingreso sufrida por buena parte de los sectores medio empleados
5. La rápida alianza que se forjó entre el sector popular y los sindicatos por una parte, y un buen segmento de la burguesía domestica  por la otra, contra el nuevo estado y, en particular, contra sus políticas típicamente “eficientistas” e internacionalizantes
6. El agudo conflicto al que se vio lanzado en seguida el gobierno y, a través de él, la gran burguesía urbana contra la burguesía pampeana
7. El decisivo papel que tuvo el peronismo como canal de expresión y movilización de una heterogénea constelación de fuerzas.

Estos elementos son fundamentales para explicar los conflictos comparativamente inusitados, que surgieron en el interior del nuevo sistema de dominación y, también, las explosiones sociales y la aguda activación política que “desde afuera” de ese estado, provocaron un colapso que todavía no se había producido en los demás casos latinoamericanos.

II. Antecedentes históricos

Algunos aspectos  relacionados con la incorporación originaria de la Argentina al mercado mundial. Aspectos que entrañaron importantes diferencias especificas originarias de la Argentina respecto de los restantes países latinoamericanos;  a su vez dichas diferencias continuaron engarzándose con acontecimientos mas contemporáneos, sobre algunas características del capitalismo, la estructura de clases y los recursos de poder y las alianzas posibles en la Argentina.

Características diferenciales y contrastes comparativos:

1. El capitalismo argentino –como el resto de países de Latinoamérica– se expandió al ritmo y con las características impuestas, en especial  por la incorporación, como exportadoras de productos primarios, de algunas de sus regiones.
Dentro de las que se vincularon al mercado mundial como exportadoras de productos primarios, el sistema de estancia de la pampa argentina y del Uruguay tuvo conocidas diferencias respecto de los enclaves y plantaciones, prevalecientes en el resto del continente como modalidad habitual de incorporación al mercado mundial.

De esas diferencias señalamos:

1.1. La estancia fue menos trabajo-intensiva que la plantación y la hacienda
1.2. Fue también menos intensiva en capital y tecnología que la plantación y el enclave
1.3. El control del principal recurso productivo (la tierra) quedó, en la pampa argentina y el Uruguay en manos de una temprana burguesía agraria local, en tanto que el enclave y la plantación solieron ser propiedad directa del capital internacional, mientras que la hacienda quedó en manos de una oligarquía escasamente capitalista
1.4. Ese hecho, combinado con las ventajas comparativas en el comercio internacional, derivados de una alta tasa de renta diferencial, proporcionaron a la burguesía pampeana y a la uruguaya una importante base propia de acumulación de capital
1.5. A partir del control por el capital europeo de los mecanismos de transporte, financiación y comercialización internacional de sus productos, provocó que la acumulación agraria impusiera el surgimiento de un sector urbano, comercial e incipientemente industrial, significativamente más rico y diversificado que el de las economías que giraron alrededor de la hacienda, el enclave y la plantación.

2. La economía exportadora de lanas y cereales –y más tarde también de carne-  cubrió una parte en proporción mayor del territorio nacional que la que abarcaron las otras economías de exportación latinoamericanas. Sobre todo, abarcó una cantidad y proporción mucho mayores de las respectivas poblaciones: las zonas que no se habían incorporado directamente al mercado mundial tuvieron un peso económico y demográfico bastante menor que en el resto de América Latina.

Debe agregarse que siempre fue escasa la incidencia del campesinado, sujeto a relaciones pre-capitalistas de producción y a condiciones de vida misérrimas, que caracteriza a buena parte del resto del continente.
El que una proporción significativamente superior de la población haya quedado insertada en su particular economía de exportación equivale a afirmar que desde fines del siglo XIX la Argentina constituyó un caso de homogeneidad intranacional de mayor significación que el resto de América Latina.

3. La importante base de acumulación local que daba el control directo de la tierra, la alta productividad internacional de ésta hasta aproximadamente 1930 y los escasos requerimientos de trabajo por su modalidad “extensiva” de explotación fueron decisivos para que la región pampeana  -incluso sus centros urbanos-  fuera internamente más diversificada y próspera que las del enclave, la plantación y la hacienda.

3.1.  Hacia comienzos del siglo XX la existencia de un mercado urbano (y en buena medida también pampeano) plenamente capitalista y de ingresos altos, indujo un comienzo de industrialización que recibió un fuerte impulso de las restricciones a las importaciones resultantes de la Primera Guerra Mundial.

3.2. Al compás de esto, emergió una también temprana clase obrera,  que desarrolló patrones organizativos autónomos frente al estado y a la incipiente burguesía industrial, que se vio favorecida por una fuerte demanda de trabajo que no podía ser satisfecha  por el numeroso y cercano campesinado.

3.3. Las posibilidades de expansión comercial y financiera, junto con esas primeras actividades industriales  -originadas en la acumulación de capital surgidas de la modalidad especifica de inserción dependiente en el sistema capitalista mundial- hicieron que esta economía creciera fundamentalmente al impulso de su propia sociedad civil y de su engarce con la internacional; eso es que  el impulso dinamizador de este sistema pasaba relativamente poco por el estado.

En el lapso que medió entre 1870 y 1930 el estado argentino pudo parecerse al estado liberal de los grandes centros mundiales, en tanto funcionó como un sistema de democracia política más ostensiblemente fraudulento pero con un nivel de participación electoral no inferior al de aquellos, mientras en lo económico no iba mas allá de proveer cruciales pero limitadas condiciones generales de funcionamiento del sistema.

Lo que interesa recalcar es que ese estado fue creación de la burguesía pampeana y de sus prolongaciones financieras y comerciales en el sector urbano, a través de un proceso que también implicaba la constitución de esa burguesía y del sistema que dominaba, en apéndice directo y altamente internacionalizado del mercado mundial.

La burguesía pampeana y sus prolongaciones urbanas se engarzaron directamente  -constituyéndolo- con un estado nacional.  Ese estado nacional arrasó las autonomías de las oligarquías de las regiones no vinculadas directamente al mercado mundial.

A pesar que el estado liberal argentino no sobrevivió al a crisis de la década del 30, estos antecedentes permitieron que la Argentina se recuperara de los impactos de esa crisis más rápido y con mayor facilidad que casi todos los restantes países latinoamericanos. Incluso indujo un nuevo impulso de industrialización sustitutiva de importaciones facilitada por un mercado interno efectivo grande en comparación y de incorporación de gran parte de la fuerza de trabajo “extraíble” a las regiones no pampeanas.

Dilemas

Tomemos en cuenta dos puntos fundamentales.

El primero: la emergencia en la Argentina de un sector popular, en el que tiene un peso importante la clase obrera dotado de recursos económicos y organizativos de mayor importancia que los del resto de América latina. Por una parte, la existencia de ese campesinado como disponibilidad actual o virtual de fuerza de trabajo debilita a la clase obrera, facilitando que se le impongan condiciones más rigurosas. Y, por la otra, esa misma existencia entraña una clase mucho más indefensa que la obrera para que se le extraigan excedentes.

El segundo: sus principales productos de exportación –cereales y carne- son alimentos que constituyen el principal bien-salario del sector popular.

La crisis mundial de 1930 deprimió exógenamente los precios de los bienes pampeanos. Algo después el gobierno peronista (1946-1955) constituyó un primer esbozo de problemas que más tarde harían eclosión. Primero (1946-1950) el estado se apropió de parte sustancial del producido de las exportaciones pampeanas, mantuvo deprimidos sus precios internos y con ello aumentó el nivel de ingreso del sector popular y amplió la demanda efectiva de otros bienes, sobre todo industriales. Esto no tardó en generar problemas de balanza de pagos, debido al efecto conjunto del “desaliento” de la producción pampeana y del aumento del consumo interno de exportables.

Más tarde (1952-1955) se mejoraron los precios agropecuarios, con lo que se alivió la situación de la balanza de pagos. Pero ello a su vez generó resistencias por la redistribución negativa del ingreso que implicaba y la reducción del mercado efectivo con que contaba la burguesía urbana.

Algo más tarde, alrededor de 1960, se produjo una gran ola de inversiones extranjeras directas en industria y servicios, que implicaron la rápida internacionalización de la estructura productiva urbana. Al contrario de las esperanzas “desarrollistas”, esta nueva etapa resultó en un fuerte aumento de la demanda de importaciones, mayor que la tasa de crecimiento del producto nacional de las exportaciones y de la producción pampeana. Ante esto la solución “evidente” en lo económico radicaba  en un fuerte aumento de las exportaciones que al levantar el techo de la balanza de pagos, hubiera permitido proveer a esa estructura productiva urbana de las importaciones necesarias para un “desarrollo sostenido”.

Supuestos los parámetros capitalistas de la situación, esa solución implicaba encontrar medios para aumentar la producción y la productividad pampeana y/o para reducir el nivel de ingreso del sector popular de manera que, por medio de la reducción del consumo interno de alimentos, quedar “liberados” mayores excedentes exportables. Pero la simplicidad cartesiana de esas “soluciones” –que fueron intentadas- tropezó con as complicaciones políticas que pasamos a analizar.

Ciclos

De la superposición exportables-alimentos-bienes-salarios surgieron varias consecuencias fundamentales.

En primer lugar, se dio una base objetiva, que además fue subjetivamente reconocida para repetidas alianzas entre buena parte de las fracciones débiles de la burguesía urbana y el sector popular. Alianzas que se forjaron alrededor de la defensa del mercado interno, contra los efectos recesivos producto del alza importante del precio de los productos exportables pampeanos.

En segundo lugar, las movilizaciones del sector popular en defensa del nivel de ingreso y consumo internos realimentaron su capacidad de organización y acción política, a través de parciales pero reiteradas victorias.
En tercer lugar, la alianza antes mencionada provocó -y actualizó políticamente- un profundo corte “horizontal” interno a la burguesía urbana, entre sus fracciones oligopólicas y las más débiles, que encontraron en el sector popular un aliado para renegociar sus acomodaciones ante las primeras.

En cuarto lugar, los mismos procesos determinaron la recurrente aparición de otra fractura fundamental interburgués, al separar los intereses económicos y las metas políticas de corto plazo de la burguesía urbana (incluso de sus fracciones oligopólicas) y de la burguesía pampeana. Esto compuso un mapa de cambiantes alianzas, que se halla en el origen de los “ciclos” económicos y políticos de la Argentina.

Un aspecto fundamental es que la solución de los estrangulamientos de la balanza de pagos requiere de un importante aumento de las exportaciones pampeanas. Sin embargo, al tiempo que desde 1960 la demanda de importaciones aumentaba velozmente, las exportaciones lo hacían en menor escala. Esto fue consecuencia, en parte, del aumento del consumo interno de los exportables y sobre todo,  de los escasos avances en la producción y la productividad de la región pampeana.

Una condición necesaria –aunque no suficiente- consiste en asegurar a la burguesía pampeana precios “satisfactorios”, que permitan, en primer lugar, una acumulación que haga posible la realización de inversiones que vayan aumentando la densidad de capital y, con ella, su productividad por unidad de explotación y trabajo, y en segundo lugar –menos obvia pero más importante-  es que esos precios sean estables y a la vez percibidos como tales a nivel microeconómico.

Nada hace suponer que en el periodo 1956-1976, la rentabilidad de la burguesía pampeana haya sido inferior  a la de la burguesía urbana, pero  lo que se muestra con toda claridad es la enorme inestabilidad de los principales precios pampeanos (cereales y carne), en relación con los precios mayoristas urbanos.

Un fuerte aumento de la producción pampeana y de sus exportaciones no puede producirse sin convertir a sus estancias  en un agribusiness mucho más intensivo en capital y tecnología.

La conversión de la producción pampeana en un agribusiness intensivo en capital y tecnología entraña decisiones de inversión relacionados con un horizonte de tiempo bastante prolongado. La inestabilidad de los precios relativos pampeanos, la memoria histórica de esa inestabilidad y –sobre todo- la acertada predicción de la futura inestabilidad de esos precios han impedido la toma de esas decisiones. Lo cual a su vez ha determinado que la burguesía pampeana, que fue desde su origen la vanguardia dinámica y altamente productiva (en términos relativos internacionales durante el periodo previo a 1930) haya quedado cada vez más lejos de serlo a medida que nos aproximamos a la época actual. Y esto, fundamentalmente, porque dada la mencionada situación de precios relativos fue microeconómicamente racional mantener la modalidad “extensiva” de explotación de la tierra.

En el corto plazo el aumento de los precios relativos internos de la producción pampeana conlleva una pérdida neta casi equivalente para el conjunto del sector urbano. La redistribución del ingreso y el efecto recesivo sobre el nivel de actividad que esto entraña, aumenta los excedentes exportables y podría ser el precio a pagar para un aumento en el mediano plazo de la producción pampeana (al satisfacer la condición necesaria de apropiación de  precios “satisfactorios” y, sobre todo, estables, por la burguesía pampeana). Este precio no sería demasiado oneroso para las fracciones oligopólicas de la burguesía urbana. Éstas tienen objetivo interés en que se levante el techo de la balanza de pagos, porque tienen un alto coeficiente de importaciones y, porque además ese coeficiente tiende a aumentar su elasticidad con el aumento de las respectivas producciones.

Por otra parte, las recesiones y redistribuciones de ingreso que suelen acompañar el aumento interno de precios de los alimentos castigan menos a estas fracciones oligopólicas que a las más débiles. En efecto, las primeras tienen recursos económicos y acceso preferencial al crédito interno e internacional que les permite sobrellevar la recesión y de hecho ampliar en su beneficio la concentración y centralización del capital. Además, las fracciones oligopólicas de la burguesía urbana dirigen una mayor parte de su producción y oferta de servicios a los estratos de consumo relativamente altos, cuyo nivel de ingreso es poco afectado, absoluta y porcentualmente por el alza del precio de los alimentos.

Esto da base objetiva para una alianza de largo plazo entre la gran burguesía urbana y la burguesía pampeana, que podría emprender la “modernización” del capitalismo argentino por vía simultanea del aumento de la concentración del capital en el sector urbano y de la conversión de la última hacia un agribusiness.

Sin embargo, al menos hasta 1976, esa alianza solo se forjó por lapsos cortos, para disolverse con celeridad en situaciones que colocaron a estas dos fracciones “superiores” de la burguesía argentina en campos políticamente diferentes.

¿Por qué este apartamiento de lo que indicaría la “lógica económica”?

De manera esencial, porque esa alianza ha sido enfrentada una y otra vez por otra alianza constituida básicamente por el sector popular y por las fracciones débiles de la burguesía urbana, que, a pesar de su subordinación económica, ha podido imponer en el aspecto político condiciones suficientes como para que aquella alianza no pudiera sostenerse mas allá del corto plazo.

En el contexto latinoamericano esta ha sido una de las originalidades de la Argentina (y, con características propias del Uruguay).

Los periodos de bajos precios internos de los alimentos y de tasa de cambio estable han sido, y no es casual, los de mayor tasa de crecimiento del producto nacional, de distribución más igualitaria del ingreso y de menor tasa de crecimiento de inflación.

Pero también han conducido a una crisis de la balanza de pagos que, a medida que se avecinaba, generaba la implantación de una serie de “controles” (sobre todo precios internos y cambiarios) que, sin embargo no logró impedirla.

Desencadenada esa crisis, se la trató con una abrupta devaluación que implicó un correlativo aumento del precio interno de los exportables. Estas devaluaciones  fueron parte de “programas de estabilización”, que profundizaron los efectos recesivos y redistributivos de la devaluación mediante otras medidas (fuerte iliquidez, reducción del déficit fiscal, congelamiento de salarios y aumento de la tasa real de interés) tendientes, por una parte, a consolidar la transferencia de ingresos al sector agroexportador y por la otra, a ajustar el nivel interno de actividad económica a la exigua situación de la balanza de pagos.

Los impactos no solo fueron recesivos y distributivos (la stagflation no es ninguna novedad en la Argentina), sobre todo a través del alza interna de los alimentos provocada por el aumento de su valor de exportación, del alza de los bienes importados y del aumento de la tasa real de interés -en momentos en que, por otro lado, se trataba de mantener congelados o sistemáticamente rezagados, los salarios y la recesión aumentaba la desocupación-.

En el corto plazo (en estos procesos nunca hubo más que el corto plazo), la transferencia de ingresos hacia el sector exportador no indujo un aumento de la producción pampeana, pero los “programas de estabilización”, a pesar de producir los efectos exactamente inversos respecto de la inflación, tuvieron éxito en aliviar la crisis de la balanza de pagos.

Claro que ese éxito ocurrió por una vía muy diferente de la que se anunciaba en los discursos oficiales, en las “recomendaciones” del FMI y en las declaraciones de la burguesía pampeana: esto es,  no por un aumento de la producción exportable, sino como consecuencia de la recesión que disminuía la demanda de importaciones al mismo tiempo que aumentaba los excedentes (sobre todo de alimentos) exportables.

Pero todo esto generaba resistencia entre los muchos castigados por estas políticas, al mismo tiempo que el relativo  desahogo de la balanza de pagos resultante generaba presiones para que se adoptaran políticas de reactivación económica.

Por consiguiente, el aumento de la liquidez, el relajamiento de los controles sobre el déficit fiscal, la disponibilidad de divisas, el crecimiento de la ocupación y los aumentos salariales terminaban la fase descendente e inauguraban una fase ascendente. Pero esta se precipitaba hacia una nueva crisis de la balanza de pagos, a partir de la cual otra devaluación y el consiguiente “programa de estabilización” inauguraban otra fase descendente.

No era en lo económico inexorable que ocurrieran estos ciclos y menos que se repitieran. ¿Por qué ocurrían entonces? La respuesta a esta pregunta la hallaremos en el centro mismo del tema de las alianzas políticas y de los vaivenes del estado argentino.

Péndulos

En cada una de las fases del ciclo la gran burguesía urbana, basada precisamente en las condiciones que la convierten en la fracción dominante, ha jugado a ganador.

Ya se ha señalado que la devaluación y los “programas de estabilización” no la perjudicaban sustancialmente, a la vez que como apéndice directo o íntimamente vinculado al capital internacional, es la que mejor percibe los costos y más teme la posibilidad de una cesación internacional de pagos.

En el tramo final de la fase ascendente del ciclo estos factores convierten a esa gran burguesía en aliada de la burguesía pampeana (y del conjunto del sector exportador) en su reclamo de las medidas que originan la fase descendente.

Por consiguiente, ante el desencadenamiento de la crisis de la balanza de pagos, la gran burguesía pendulaba hacia los intereses  objetivos de la burguesía pampeana, propiciando y apoyando los “programas de estabilización” que transferían una gran masa de ingresos (fundamentalmente desde el resto del sector urbano)  hacia la burguesía pampeana y hacia los sectores comerciales y financieros ligados a la exportación de sus productos.

Los efectos redistributivos y recesivos de esas medidas generaban la reacción de las fracciones débiles de la burguesía urbana y del conjunto del sector popular, al tiempo que el alivio en la posición de divisas hacia factibles las medidas de reactivación económicas reclamadas por éstos.

Ante ello la gran burguesía urbana hizo una y otra vez lo que toda burguesía hace sin la tutela de un estado que le induzca otros comportamientos: atendió sus intereses económicos de corto plazo, se montó en la cresta de la ola de la reactivación económica, que dada su posición le permitía beneficiarse privilegiadamente y “dejo hacer” las políticas de reactivación.

Con lo cual esta fracción recorría un arco completo del péndulo, sumándose al conjunto del sector urbano y abandonando a la burguesía pampeana de todo lo cual resultaron las grande fluctuaciones de precios relativos.

Acabo de describir un recurrente fenómeno –la pendulación de la gran burguesía-, aunque todavía no he intentado explicarlo. Pero podemos agregar que eso desplazamientos, además de las consecuencias económicas, tuvieron una consecuencia política de la mayor importancia: quebraron una y otra vez la cohesión interburguesa necesaria para su dominación política.

Con más precisión: fracturaron esa cohesión entre las dos fracciones “superiores” de esa burguesía ( la oligopólica urbana y la pampeana), dotadas de importantes bases de acumulación propias y potencialmente capaces de “modernizar” el capitalismo argentino.

Otro aspecto, no menos importante, es que esas pendulaciones no sólo abrían “espacio” político para una alianza alternativa burguesa, popular y obrera sino también eran en buena medida consecuencia de ella.

Un punto central. La alianza de fracciones “superiores” de la burguesía sólo podría haber rendido fruto en caso de haber perdurado durante el tiempo suficiente como para que hubiera avances significativos en la productividad pampeana y, de paso, para que hubiera avanzado aún más la concentración del capital urbano en beneficio de la gran burguesía. Este requisito temporal es el que se violó por las fluctuaciones de precios relativos.

Si bien esto señala la condición necesaria de estabilidad de los precios pampeanos, no prejuzga acerca del nivel de precios desde el que se podría haber inducido la transformación hacia un agribusiness de la burguesía pampeana. En la medida en que el énfasis recayó con fuerza sobre la mejora de ese nivel, se generaron los conflictos y pendulaciones que estamos analizando.

Por otro lado, dicha transformación podría haber ocurrido con precios relativamente deprimidos, como consecuencia de políticas que hubieran forzado más sus estructuras. Ése ha sido el sentido de diversos proyectos de gravar de modo diferencial la tierra pampeana en función de la producción potencial confrontada con la real de cada explotación.

Este camino, por supuesto conflictivo con la burguesía pampeana en su actual constitución, no lo es respecto del conjunto del sector urbano (en tanto no presupone una caída de sus precios  relativos) y en el  mediano plazo podría haber logrado el aumento de la producción pampeana. Sin embargo, los intentos de implementar diversas variantes del “impuesto a la renta potencial de la tierra” fracasaron repetidamente.

Esto se debe contrastar con lo ocurrido en época reciente en buena parte de los restantes países latinoamericanos, en los que el estado –impulsado por la gran burguesía y engarzado con ella- ha acostumbrado imponer la “modernización” de las regiones y de las clases dominantes agrarias.

Peso esas clases dominantes eran en esencia clases regionales y aunque cayera temporariamente su producción, ninguna de ellas  tenia la enorme incidencia sobre el total de exportaciones que ostenta la burguesía pampeana. Por eso otros estado latinoamericanos han podido subordinar a esas clases y a los estados regionales que ellas controlaban directamente, sin bloquear por ello los principales circuitos de acumulación de sus economías ni empeorar demasiado los problemas de la balanza de pagos.

El caso de la burguesía pampeana ha sido diferente, debido a su temprana condición de clase nacional y su directa vinculación –que los constituyó como tales- con el estado nacional; esto significó que las luchas interburguesas no tuvieron  su ámbito principal entre un estado nacional y los estados regionales, sino en el interior mismo de un estado nacional que se fracturaba de continuo por imposición de esas luchas.

Además, la decisiva importancia de la producción pampeana para el conjunto de la economía y de las exportaciones determinó que su “desaliento” ante la caída de sus precios y los intentos de “reestructurarla” por mecanismo impositivos repercutieran de inmediato sobre la balanza de pagos –a la vez que la consecuencia de otra especificidad argentina, el paralelo del aumento del consumo interno de  los exportables, disminuía aun mas las exportaciones potencialmente disponibles en el corto plazo, antes de que por cualquier vía haya aumentado la producción pampeana-.

Con lo cual llegaba la crisis de la balanza de pagos, cuyo alivio por medio de devaluaciones implicaba no solo revertir los precios relativos sino también expulsar de la alianza gobernante a los sectores que habían impulsado la reactivación del ciclo.

A partir de ese momento y mientras duraran los “programas de estabilización” pesaban fuertemente al interior del estado los intereses inmediatos de la burguesía pampeana. Y ésta centraba la cuestión alrededor del aumento de sus precios y con esto sembraban las condiciones que llevarían a una nueva reversión del ciclo.

En otras palabras, aunque hace ya bastante tiempo que perdió su condición de vanguardia dinámica del capitalismo argentino, la burguesía pampeana conservó un grado, comparativamente inusitado, de centralidad económica y política. Ese grado fue suficiente –en la defensiva- para bloquear todo intento de “reestructurarla” y -ofensivamente- para montarse en la crisis de la balanza de pagos para lograr, periódicamente masivas transferencias de ingreso en su beneficio.

Entre tanto, y como consecuencia de todo esto, los canales de acumulación de capital en la Argentina entraban en recurrentes cortocircuitos y el estado bailaba al compas de estos vaivenes de la sociedad civil.

Esto tuvo mucho que ver con algunas características del periodo iniciado en 1966, en especial con la política económica seguida entre marzo de 1967 y mayo de 1969, durante la gestión  como ministro de economía de Adalbert Krieger Vasena, quien llevó a cabo, con toda diafanidad, una política consonante con la gran burguesía.

Esto implicó que por primera vez una gran devaluación no beneficiara al sector pampeano-exportador. Por el contrario, la devaluación de marzo de 1967 (equivalente al 40% del valor del peso) fue apropiada íntegramente por el estado, por medio de retenciones establecidas por un porcentaje equivalente sobre el valor de las exportaciones de  productos pampeanos, y utilizada en un sustancial aumento de las inversiones estatales en infraestructura física.

Al mantener el precio fijo en pesos de la producción pampeana, esa retención permitió deprimir los precios internos de los alimentos. También hizo posible no solo una rápida reducción de la inflación sino también –en contraste con los otros casos de autoritarismo burocrático- que sólo se produjera una moderada caída de los salarios industriales.

Pero ni siquiera entonces esta situación pudo mantenerse, a partir de 1970 los precios pampeanos (en especial  los de la carne) rebotaron hasta alcanzar en 1971-1972 un nivel muy alto. Éste fue el único intento claro y sostenido de la gran burguesía por “reestructurar” a la burguesía pampeana subordinándola a su propia acumulación.

Pero el resultado fue que esta última quebrara desde adentro la cohesión del estado Burocrático Autoritario y ayudara en un colapso político y económico impulsado “desde afuera” por otros sujetos sociales.

Si esto marcó los limites de una imposición unilateral de supremacía de la gran burguesía sobre la pampeana, la historia de las anteriores devaluaciones –con la transferencia de su producido a la burguesía pampeana y al sector exportador ligado a ella- por su parte había señalado, al producirse poco después el péndulo de la gran burguesía hacia el polo urbano, que ya era imposible volver a los “viejos tiempos” de supremacía de la burguesía pampeana.

La alianza defensiva

Si la centralidad económica y política de la burguesía pampeana marca una diferencia respecto de los otros casos latinoamericanos y sus clases agrarias, otra no menos importante surge del mayor grado de indefensión política en que se han hallado en éstos las fracciones más débiles (y netamente nacionales) de la burguesía urbana ante los avances de la gran burguesía.

La expansión de la estructura dominante, oligopólica e internacionalizada de estas economías no se ha hecho sin castigar diversas franjas del capital nacional ni de aumentar su debilidad frente al capital internacional y el estado.

La razón de la comparativamente mayor capacidad política de la burguesía local en la Argentina no se halla tanto en ella misma como en las características del sector popular y en el mayor grado de homogeneidad nacional del caso argentino respecto de los restantes latinoamericanos.

Un sector popular urbano más débil, menos organizado y menos autónomo, originado en un gran peso de las regiones marginales y en las numerosas repercusiones de una distribución general de recursos significativamente más desigual despoja a las fracciones débiles de la burguesía latinoamericana del importantísimo aliado que tuvieron en la Argentina.

Porque  no se trata sólo de que en la Argentina haya habido un sector popular dotado de mayor autonomía y capacidad organizativa que los de buena parte del resto de América latina. Ocurre también que el mecanismo por el cual podría forjarse la alianza a mediano y largo plazo de las fracciones superiores de la burguesía, pasa por el aumento y la estabilización del precio relativo de los principales alimentos internos.

Ese aumento dio al sector popular un blanco preciso para su acción política, que atascó la esclusa que podría haber conectado los circuitos de acumulación de aquellas dos fracciones. Pero si bien éstas son condiciones necesarias, no son todavía suficientes. Para dar cuenta de la especificidad que nos ocupa hay que ver también como esa acción del sector popular se engarzó con los intereses objetivos y la acción política de las fracciones débiles de la burguesía urbana.

Estas fracciones suelen ser duramente castigadas por las recesiones posteriores a las devaluaciones y a los “programas de estabilización”. Supuesto un alivio de la balanza de pagos, su interés inmediato consiste en un nuevo impulso de reactivación económica, que resulta de políticas que aumentan la ocupación, la liquidez, la disponibilidad de créditos y que vuelven a hacer cumplir un papel expansivo a las actividades del estado. Ese efecto también resulta  directamente de los aumentos de salarios; no es sorprendente que esta burguesía trabajo-intensiva apoye esos aumentos si se consideran los costos aún mayores que implica la recesión.

La concurrencia con los sindicatos en el reclamo de aumento de salarios es, además, la prenda que esta burguesía entrega al sector popular para forjar la alianza.

Esta burguesía –más o menos débil y más o menos castigada por la expansión del capital oligopólico e internacionalizado- existe en otros países latinoamericanos, pero sólo en la Argentina encontró un aliado popular dotado de capacidad propia de acción y de intereses altamente compatibles con los de aquella.

Los principales sustentos organizacionales de esta alianza han sido la CGE, la CGT y la conducción nacional de los principales sindicatos. Su primera, principal y tal vez última expresión ha sido el peronismo. No fue la única, ya que –sobre todo en los periodos en que el peronismo fue proscripto- se canalizó en otros partidos y, al interior del estado  en diversas corrientes “nacionalistas”. Y su bandera ha sido la defensa del mercado interno, en el doble sentido de impulsar su nivel de actividad y de acotar la expansión del capital internacional.

Ha sido su conjunción en el efecto multiplicativo de aquella alianza lo que le permitió imponer una y otra vez la satisfacción de sus demandas inmediatas –hacia las cuales pendulaba la gran burguesía-.

Características y consecuencias principales de esta alianza:

1. La alianza fue esporádica pero recurrente. Sólo apareció con nitidez y con alto grado de coordinación táctica, en las fases descendentes del ciclo, cuando el reclamo de aumentos salariales y de diversas medidas para aliviar la “asfixia del pequeño y mediano empresariado nacional” concurrían a la reactivación del mercado interno a costa del sector agropecuario-exportador.

Cuando el ciclo se reactivaba la alianza se diluía, en parte debido a los intentos de esa fracción y de los sindicatos de negociar -individual y corporativamente- ventajas especificas con el estado y con la gran burguesía, en parte debido a que aquella coincidencia inmediata de intereses daba paso a los efectos de clivaje más “normales” entre estas clases.

2. La alianza fue defensiva. Surgió contra las ofensivas de las fracciones superiores de la burguesía, postulando una vía “nacionalista” y “socialmente justa” de desarrollo, que implicaba pasar por alto lo que era incapaz de problematizar como meta de su acción: la condición ya profundamente oligopólica e internacionalizada del capitalismo, del que eran sus componentes económicamente más débiles.

Fue defensiva porque el triunfo de esta alianza se agotaba en sí mismo sin llegar a un sistema alternativo de acumulación; todo lo que lograba era sacar al ciclo de su fase descendente y lanzarlo a su fase ascendente, en condiciones que provocaban ineludiblemente su repetición.

3. Pero, aunque defensiva y condenada a que sus victorias fueran el cumplimiento y no la salida del ciclo, esta alianza fue sumamente exitosa. Su historia es la de repetidas victorias de anulación de los “programas de estabilización”, de acotamiento de la expansión del capital internacional, de lanzamiento de nuevas fases de reactivación económica y de nuevos “desalientos” de la burguesía pampeana ante la ciada de sus precios.

Como se desprende de lo dicho, los periodos de alza de los salarios fueron  también los de mayor tasa de crecimiento del producto nacional y, en general, de mayor rentabilidad del conjunto de la burguesía industrial que también experimentó fuertes vaivenes.

La alianza defensiva fue victoriosa porque impidió que se prolongara la fusión entre las dos fracciones superiores de la burguesía. La gran burguesía, cuando llego el momento de contrapesar sus beneficios inmediatos en una nueva reactivación económica, contra el abismo político que habría implicado seguir acompañando a la burguesía pampeana y al sector exportador cuando el resto de la población se había fusionado en su contra, optó siempre por “dejar hacer” las políticas que iniciaban una nueva fase ascendente.

Una y otra vez  la alianza defensiva quebró “desde abajo”  -políticamente- la cohesión de las clases dominantes y  -económicamente- la única alianza ofensiva que en este capitalismo pudo  -sin entrar a considerar todavía el problema del estado- haber implantado un sistema de acumulación que implicara la salida de sus ciclos.

4. La alianza fue policlasista, en el sentido especifico de que incluía al sector popular (con un fuerte peso obrero) y a un fundamental componente burgués. Sus recurrentes éxitos estuvieron basados en esa conjunción. Esto determino su orientación nacionalista y capitalista. Su carácter policlasista tuvo consecuencias fundamentales. Entre ellas dio base popular a las demandas de la burguesía débil, que con sus reclamos de aumentos salariales y sus públicos acuerdo con los sindicatos, apareció como una fracción “progresista” que contrastaba con las orientaciones “eficientistas” de la gran burguesía y con el “arcaísmo” de la oligarquía terrateniente, parecía encarnar la posibilidad de un “desarrollo socialmente justo”.

En cuanto al sector popular (especialmente los sindicatos y la clase obrera), la condición policlasista de la alianza le dio acceso a recursos y a medios con los que de otra manera difícilmente hubiera contado. Y, sobre todo, el componente de respetabilidad burguesa, que la alianza entrañaba hizo más difícil el control que se aplicó a otros sectores populares cuando actuaron aislados y/o en función de otras metas. Es por eso que el impacto de esta alianza resultó del efecto multiplicativo de la concurrencia de sujetos sociales que tiene una base propia de recursos y que pudieron coincidir en metas de corto plazo y operacionales.

En otros países latinoamericanos la ausencia de estas condiciones conjuntas ha implicado que la burguesía local careciera de sustentos populares y que el sector popular (más débil, además por el mayor grado de heterogeneidad intranacional) no fuera políticamente protegido por un activo aliado burgués. Esto ha permitido en estos casos que la gran burguesía avance arrasadoramente, encontrando protestas y conflictos, pero no los limites y pendulaciones que esta particular alianza le impuso a la Argentina.

5. La alianza defensiva quedó encerrada dentro de parámetros capitalistas y como resultado de su carácter intrínsecamente policlasista. Esto ayuda a entender por qué el principal canal político de esa alianza, el peronismo, tampoco transpusiera esos límites. Pero esto también resultó de la experiencia reiterada de la victoria y posteriores derrotas. La activación política del sector popular detrás de las metas de la alianza defensiva, la protección que le acordaba su componente burgués y los cambios de políticas estatales que logró implicaron por un lado un aprendizaje realimentante de esa activación y por el otro la solidificación de las bases organizacionales (los sindicatos) desde las que se articulaba.

6. En cuanto al aprendizaje, éste fue función de la fresca memoria de anteriores movilizaciones que lograron revertir la situación salarial y el nivel general de actividad de la economía. Y esta memoria tuvo repetidas ocasiones de actualizarse cada vez que se producía un nuevo giro descendente del ciclo. Esa memoria era, también, la del bajo poder disuasivo de controles que se quebraban en el momento en que el estado, indicando un desplazamiento de las alianzas gobernantes, lanzaba las políticas de reactivación. Todo esto realimentaba la capacidad y la disposición de activación política del sector popular, pero también llevaba a una no menos repetida experiencia de derrota: los periodos de baja de salarios, de aumento de la desocupación y de expulsión de los voceros de la alianza defensiva de la coalición gobernante.

El beneficio  que obtenían la burguesía pampeana y el sector agroexportador, así como el apoyo que prestaba la gran burguesía a cada reversión del ciclo hacia su fase descendente, fomentaba la hostilidad del conjunto del sector popular contra aquellos y contra lo que implicaban de internacionalizado y de big business.

A la vez que la alianza no salía de los parámetros ya mencionados. Con ella la explicación de la necesidad de triunfar una y otra vez para volver a ser derrotados tendía a una visión mítica de conspiraciones de “grandes intereses” que tenían una mágica capacidad para derrotar al “pueblo” y trabar el desarrollo.

La tensión implícita en todo esto tendía a dispararse en unos en dirección a una fuerte radicalización hacia la derecha, y en otros, hacia un cuestionamiento de los parámetros mismo de la situación. Pero contra estas tendencias operó una gran fuerza centrípeta: el velo que cubría las reales articulaciones del problema era que –como la CGE, la CGT y el peronismo no se cansaron de repetirlo- desde 1955 se había impedido que entre ellos realizaran la versión de desarrollo, que “puesta del lado del pueblo” y ejerciendo un amplio control del estado, parecía ofrecer la burguesía local.

La esperanza de armonización de lo “popular y nacional” contra la “oligarquía terrateniente” y los “monopolios internacionales”, que parecía demostrada por las coincidencias de corto plazo de la alianza defensiva, se expresó en la inusitada vigencia histórica del peronismo y formó la gran ola que en 1973 lo devolvió al gobierno.

Para que esto ocurriera fue necesario, además, que en el periodo precedente la gran burguesía ignorara los límites de su supremacía y pretendiera imponerla unilateralmente, incluso sobre la burguesía pampeana. Las grandes explosiones sociales de 1969-1970 sellaron la derrota de este intento y forzaron, impulsado por una gran activación popular, el repliegue político de la gran burguesía que –por primera vez, aunque por poco tiempo- dejo en 1973 de ser parte de la alianza gobernante. Solo entonces podía ponerse a prueba la alternativa que la alianza defensiva creía implicar.

7. Más que de ciclos conviene hablar de espirales, en tanto –sobretodo políticamente- cada una de estas idas y vueltas, con su historia de triunfos y derrotas siempre provisionales, fue agudizando los conflictos en que se alimentaban. Sus actores no fueron clases, fracciones y organizaciones que conservaban, más allá de estas luchas, sus características estructurales.

De lo que se trata es  de la constitución política, organizativa e ideológica de las clases y fracciones en juego que se fueron haciendo y transformando durante y en medio de este patrón de alianzas y oposiciones.

En particular, el sector popular y la clase obrera encontraron en los sindicatos y –políticamente- en el peronismo, modalidades de constitución organizativa, ideológica y política que correspondían cercanamente a los vaivenes y a los límites de la situación.

La movilización detrás de las demandas de la alianza defensiva, con sus metas precisas y su marco policlasista, obtuvo muchas veces un triunfo espectacular. Esto permite entender la particular combinación de una impresionante movilización popular con un economicismo de demandas que recalcó su rechazo a todo camino que pudiera implicar un salto fuera del capitalismo (alianza con la burguesía local). Fue ese militante economicismo el que, al entrar en fusión con las fracciones débiles de la burguesía, permitió las reiteradas victorias defensivas.

Por otro lado, los momentos de victoria política y de reversión –en cualquier dirección- del ciclo económico eran aquellos en que los actores, en ese momento ganadores, asaltaban  al estado, buscando fortalecer allí posiciones  institucionales desde las que pudieran librar, cuando la situación virara nuevamente a las futuras luchas. Los sindicatos no fueron excepción a esto; la historia de la alianza defensiva es también la de extraer al estado importantes ventajas institucionales de parte de aquellos que reforzaban la posibilidad de volver a movilizar al sector popular.

Estas también permitían que los sindicatos abarcaran a la clase de una densa red organizacional y la canalizaran una y otra vez hacia un militante economicismo, hacia la alianza policlasista y hacia la esperanza pendiente de la otra vía capitalista que anunciaba el peronismo.

8. Estas fusiones multiplicativas de la alianza defensiva eran las que empujaban a la gran burguesía a abandonar a la burguesía pampeana a un solitario lamento por la caída de sus precios. Abrían, por una parte, el impulso hacia la reactivación económica y, por la otra, el abismo político  de una movilización “nacional y popular” que de alguna forma tenía que ser reabsorbida.

Al pendular de un momento hacia la burguesía pampeana y, momentos después apoyar el lanzamiento de una fase ascendente del ciclo, la gran burguesía sólo optimizó en cada fase sus intereses económicos de corto plazo. También logró ser el único miembro estable de la alianza gobernante.

Claro que en una fase lo era en conjunción con la burguesía pampeana y en la otra se encaramaba sobre la alianza defensiva. No dejó de ser la fracción dominante, pero las particulares condiciones que hemos reseñado implicaron que su dominación se desplazara continuamente en ese movimiento pendular.  Al mismo tiempo y por las mismas razones, los canales de acumulación entraban en repetidos cortocircuitos.

En estas condiciones, el capitalismo argentino tenía que girar mordiéndose la cola en espirales cada vez más violentas. Estas claves permiten entender a la Argentina como algo menos “surrealista” que lo que aparece en la superficie de su “inestabilidad política” y de su “errático desarrollo”.

Estado

Por “estado” entiendo no solo un conjunto de instituciones (o “aparatos”). Incluyo también –y más fundamentalmente- el entramado de relaciones de dominación “política” que sostiene y contribuye a reproducir la “organización” de clases de una sociedad.

Los “penduleos” de la gran burguesía y sus dificultades para subordinar al conjunto de la sociedad civil son indicación palpable de una continuada crisis de dominación política.  También lo es su contrafaz, las recurrentes y parcialmente victoriosas  fusiones de la alianza defensiva.

De esto nació una democratización por defecto, que resultaba de las dificultades para imponer la “solución” autoritaria que siguió siendo  buscada afanosamente, porque en ella parecía radicar la posibilidad de sacar al capitalismo argentino de sus espirales y de “poner en su lugar” a las clase subordinadas.

La “alianza gobernante” es la que impone, a través del sistema institucional del estado, políticas conformes a la orientaciones y demandas de sus componentes. Los péndulos que hemos estudiado fueron el resultado inmediato de políticas estatales que precipitaban sus fases ascendentes y descendentes. A su vez, esas cambiantes políticas respondieron a una extraordinaria fluidez de las alianzas gobernantes, que se transformaban al compás y como consecuencia de los cambios de relaciones de fuerzas que subyacían al lanzamiento de una y otra fase.

La gran burguesía fue el miembro estable de las alianzas gobernantes, pero cada fase estaba marcada por la temporaria salida de sus anteriores “socios” y por su enganche en un diferente (y escasamente congruente con el anterior) circuito de acumulación. Por eso las políticas estatales no sólo fueron cambiantes; además casi nunca fueron implementadas porque no tardaban en ser revertidas por la dinámica de una sociedad civil que marcaba el ritmo que el estado bailaba.

Este fue un estado recurrentemente arrasado por cambiantes coaliciones de la sociedad civil. En su nivel institucional, las pendulaciones fueron grandes mareas que por un momento cubrían todo y que, cuando se replegaban, arrastraban consigo “pedazos” de ese estado  -ellos serian bastiones útiles para armar la nueva ola que poco después expulsaría a los que acababan de forzar el repliegue-.

De esto resultó un aparato estatal extensamente colonizado por la sociedad civil. En él no solo se aferraban las fracciones superiores de la burguesía sino también sus fracciones más débiles y parte de las clases subalternas  -otra diferencia fundamental respecto del resto de los casos latinoamericanos-.

Las luchas de la sociedad civil se interiorizaban en el sistema institucional del estado en un grado que expresaba no solo el peso de las fracciones superiores de la burguesía sino también las particulares circunstancias que daban gran capacidad de resistencia y victoria parcial a la alianza defensiva. Como consecuencia de esto, ese estado colonizado fue también un estado extraordinariamente fraccionado, que reproducía al interior de sus instituciones la democratización por defecto de una sociedad civil que encontraba allí palancas para seguir empujando sus espirales.

Ese estado no podía “tomar distancia” respecto de las demandas y de los intereses inmediatos de cada alianza gobernante. Fue, por eso, un estado débil.  Como sostén del sistema general de dominación, por su continuo (y creciente) aflojamiento implicado por las movilizaciones del sector popular y “el poder de negociación” de los sindicatos. Como sistema institucional, por su colonización y fraccionamiento.

Esto determino que se bloqueara una salida posible de los ciclos: el desplazamiento hacia un capitalismo de estado. No hubo un aparato burocrático medianamente estable y consolidado, y dotados de grados de libertad no despreciables frente a la sociedad civil, que hubiera sido el requisito para ello.

Otro gran obstáculo surgía de que, en el periodo de fusión de la gran burguesía con la burguesía pampeana, “los programas de estabilización” entrañaban un periodo de ofensiva “antiestatista”. Ella no solo apuntaba a cortar drásticamente el déficit fiscal sino también a desmantelar los avances que en esa dirección podían haberse producido en la fase anterior, cuando la alianza defensiva había sido parte de la gobernante.

Esos intentos sirvieron para bloquear cualquier tendencia hacia un capitalismo de estado, al desarticular las instituciones que podían impulsarla y al desalojar a los “técnicos” que podían llevarla a cabo, sustituyéndolos por otros que desde el estado se sumaban  -mientras durara la alianza gobernante que los sostenía- a decisiones “antiestatistas”.

Por añadidura, las tendencias hacia el capitalismo de estado que entrañaba la alianza defensiva encontraban su límite interno en las ambivalencias (la oposición) del aliado estable de la alianza gobernante  -la gran burguesía-. Y, por supuesto también tropezaban con el muro interpuesto por la extinción del impulso  ascendente del ciclo y su reversión hacia un nuevo periodo “antiestatista”.

No hubo una mínima estabilidad en la alianza gobernante que contenía, al menos algunos componentes consonantes con el capitalismo de estado; viable o no, esta posibilidad quedo bloqueada por la dinámica de esta sociedad civil.

Acatando la terminología corriente se puede decir que en sus dos planos el estado argentino del periodo que hemos analizado fue un caso de baja autonomía relativa. Su particularidad no solo se movió fundamentalmente al  compás de las fracciones superiores de la burguesía, sino que también expresó los flujos y reflujos de clases subalternas que pivoteaban en su alianza con las fracciones más débiles de las clases dominantes. El límite de esta alianza fue que, por una parte, esta coalición debía compartir la alianza gobernante con la gran burguesía y por la otra que solo podía ser defensiva.

Esta alianza defensiva llego a ser gobernante por si sola en 1973 luego de su extraordinaria como pírrica victoria.

Epilogo Provisional

El experimento iniciado en 1966 fue, por un lado, el gran intento de reconstituir mecanismos de acumulación que subordinaran el conjunto de la sociedad a la gran burguesía y, por el otro, necesaria y correlativamente, de implantar un sistema de dominación política que, dando un giro de ciento ochenta grados, se impusiera conquistadoramente sobre la sociedad civil.

Ya he mencionado el colapso de ese intento y como esto abrió paso, por primera vez, para que la alianza defensiva conquistara el sistema institucional del estado sin compartirlo con la gran burguesía.

Es necesario señalar que esa alianza sólo pudo ignorar brevemente la supremacía económica de la gran burguesía y de la burguesía pampeana; tras una breve tregua en 1974, sus fluctuaciones volvieron a repetirse con mayor violencia.

La vieja crisis se reprodujo con gravedad inusitada y la burguesía local tuvo que abandonar el barco sin poder evitar que sus organizaciones se hundieran con él. Por otro lado el “poder sindical” no pudo ir más allá de repetir, con un peso que la retirada de la burguesía local hizo aun mayor, las practicas que lo habían constituido en lo que era: agresivo económico y búsqueda de nuevas ventajas institucionales  -pero ahora desde el corazón mismo del sistema institucional del estado-.

La muerte de Perón, una particular irracionalidad palaciega y una violencia que se realimentaba velozmente, contribuyeron a sacudir hasta sus cimientos una sociedad que aceleraba las espirales de su crisis; lo mismo hicieron con un estado que fracasaba ostensiblemente en garantizar la reproducción de ese capitalismo.

Pero en aquellos factores subyacía el hecho de que cuando la alianza defensiva logro, por fin, ser por sí sola la alianza gobernante, tropezó con sus propios límites; las mismas razones que la habían llevado a ese extraordinario triunfo precipitaron una inmensa catástrofe.

El gran triunfo de la alianza defensiva condujo al paroxismo de la crisis política y económica, al reflujo de la ideología nacionalista, a la implantación de un nuevo estado y a la disolución o intervención de las principales organizaciones del sector popular y de la burguesía local.

El actual gobierno de las fuerzas armadas se ha inaugurado anunciando la terminación del periodo iniciado en la década de 1950. Esto lo han dicho todos los gobiernos pero es la primera vez que es posible que así sea.

** Resúmen elaborado por: Francisco Robles